Durante la Guerra del Golfo, varios pilotos estadounidenses regresaron convencidos de haber destruido por completo numerosos refugios subterráneos iraquíes. Días después, las imágenes de reconocimiento revelaron algo desconcertante: muchos de aquellos complejos seguían activos porque las explosiones apenas habían bloqueado entradas secundarias mientras la infraestructura principal permanecía intacta bajo toneladas de roca y hormigón.
La gran sorpresa. Durante semanas, la Casa Blanca presentó la campaña contra Irán como una demostración aplastante de poder militar moderno: bombarderos furtivos, misiles de precisión y ataques coordinados con Israel que, supuestamente, habían dejado la red estratégica iraní reducida a escombros. Donald Trump llegó a afirmar que Teherán ya “no tenía nada” en términos militares y que sus misiles habían quedado dispersos y fuera de combate.
Sin embargo, las nuevas evaluaciones secretas de inteligencia estadounidense describen un escenario radicalmente distinto y profundamente incómodo para Washington. Tras volver a analizar imágenes satelitales, accesos subterráneos y actividad logística, los analistas estadounidenses descubrieron que Irán mantiene operativos 30 de sus 33 complejos de misiles en el estrecho de Ormuz y conserva buena parte de sus lanzadores móviles y arsenales, además de haber recuperado el acceso al 90% de sus instalaciones subterráneas. La sensación dentro de algunos sectores de seguridad nacional empieza a ser inquietante: después de gastar miles de misiles y vender al mundo la idea de una destrucción total, la inmensa “ciudad de misiles” iraní sigue prácticamente donde estaba al comienzo.

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Arquitectura de una fortaleza. Aquí hay que recordar algo que contamos semanas atrás. El verdadero problema para Estados Unidos no es solo cuántos misiles conserva Irán, sino cómo fueron construidos y distribuidos sus complejos durante décadas. Teherán convirtió montañas enteras en sistemas defensivos subterráneos, con túneles, depósitos protegidos, accesos redundantes y plataformas móviles capaces de mover misiles de un punto a otro incluso después de un bombardeo.
Muchas instalaciones no estaban pensadas para resistir un ataque concreto, sino para garantizar que siempre quedara algo operativo tras cualquier oleada inicial. Ahí es donde los informes de inteligencia están provocando preocupación real: gran parte de las entradas fueron selladas temporalmente, pero no destruidas completamente, y la gran mayoría de los complejos recuperaron acceso operativo en cuestión de semanas. En algunos casos, los iraníes incluso pueden seguir lanzando misiles directamente desde las propias instalaciones. El resultado es una imagen muy distinta de la narrativa pública estadounidense: más que eliminar la amenaza, Washington parece haber golpeado la superficie de una infraestructura concebida precisamente para sobrevivir a una guerra de desgaste tecnológica.
El precio oculto de la operación. La otra gran revelación del conflicto no está bajo tierra en Irán, sino dentro de los propios arsenales estadounidenses. La campaña consumió cantidades gigantescas de munición avanzada: más de mil misiles de crucero furtivos, alrededor de mil Tomahawk y más de 1.300 interceptores Patriot, cifras que equivalen a años enteros de producción industrial. El Pentágono intentó equilibrar dos prioridades incompatibles: destruir complejos iraníes extremadamente endurecidos y, al mismo tiempo, no vaciar completamente sus reservas estratégicas ante posibles crisis futuras con China o Corea del Norte.
Esa limitación explica parte de las decisiones tácticas más polémicas de la guerra. En lugar de pulverizar totalmente muchos complejos subterráneos, los planificadores optaron por sellar accesos y entradas utilizando menos bombas antibúnker de las necesarias para destruir las instalaciones completas. Ahora las consecuencias empiezan a aparecer con crudeza: gastó enormes cantidades de armamento de alta gama, pero la red iraní continúa conservando capacidad operativa significativa.
Ormuz como centro de gravedad. Todo esto adquiere una dimensión todavía más delicada por el lugar donde se concentra la mayor parte de la capacidad superviviente iraní: el estrecho de Ormuz. Por esa franja marítima circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, y la inteligencia estadounidense cree que Irán mantiene allí suficientes misiles y lanzadores como para seguir amenazando buques de guerra, petroleros e infraestructuras críticas.
La Marina estadounidense mantiene una presencia prácticamente continua en la zona con más de veinte buques patrullando y sosteniendo el bloqueo, pero la realidad estratégica empieza a resultar incómoda: incluso después de una campaña militar gigantesca, Washington no ha conseguido eliminar la capacidad iraní de convertir Ormuz en una pesadilla para el comercio global. Qué duda cabe, esa persistencia altera por completo la percepción inicial de la guerra. Lo que parecía una demostración de supremacía tecnológica empieza a parecer también una advertencia sobre los límites reales del poder aéreo moderno contra redes subterráneas profundamente dispersas.

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La contradicción política. En definitiva, las conclusiones del “recuento” de inteligencia están abriendo además una grieta política cada vez más visible en Washington. Mientras la Casa Blanca insiste públicamente en que la operación fue un éxito histórico y acusa de “traición virtual” a quienes cuestionan ese relato, los informes internos describen un enemigo muy lejos de estar neutralizado. Y la contradicción amenaza con convertirse en un problema estratégico y político a la vez. Si el alto el fuego colapsa, Trump tendría que decidir entre aceptar que Irán conserva una capacidad militar relevante o volver a lanzar una campaña aún más costosa utilizando reservas de munición que, muy probablemente, tardarán años en recuperarse.
El dilema es especialmente delicado porque aliados europeos ya temen retrasos en entregas de armamento destinadas a Ucrania debido al desgaste industrial estadounidense. La guerra contra Irán estaba diseñada para demostrar fuerza y restaurar disuasión, pero lo que empieza a emerger, sin embargo, es otra lectura mucho más incómoda: que incluso la maquinaria militar más poderosa del planeta puede descubrir demasiado tarde que destruir una “ciudad de misiles” enterrada bajo montañas es mucho más difícil que anunciar su destrucción en televisión.
Imagen | Iranian Media
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La noticia
EEUU creía haber aplastado la ciudad de misiles de Irán. Han vuelto a contar los complejos, y es como si hubieran disparado al aire
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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