A principios del siglo XIII, el Sol estaba atravesando un ciclo solar mucho más corto que los que existen hoy en día, pero extremadamente intenso. Tener detalles tan concretos es complicado para una época tan lejana, en la que los científicos no disponían de instrumentos para medir este tipo de actividad. Sin embargo, hay algo que sí tienen los científicos de hoy en día y que les ha ayudado a detectar este suceso: un libro de poesía y muchos árboles.
Arte y ciencia. Un equipo de científicos del Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa ha descrito este suceso a partir de dos tipos de datos. Por un lado, un poema escrito en 1204 por el escritor japonés Fujiwara no Teika. Por otro, la observación de los anillos de los troncos de árboles enterrados en el norte de Japón. La conclusión es clara. Mientras que hoy en día los ciclos solares suelen ser de alrededor de 11 años, por aquel entonces hubo algunos de 6 o 7 años, pero la actividad fue tan alta como para dar lugar a la formación de auroras en Japón.

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Una explosión de protones. Cuando la actividad solar es muy intensa, se producen fenómenos como las llamaradas solares o las eyecciones de masa coronal. La primera es una liberación súbita de radiación electromagnética desde la superficie solar, mientras que la segunda consiste en la expulsión de materia, normalmente partículas cargadas de plasma, desde la corona del Sol. Asociadas a estos fenómenos, se producen las explosiones de protones, en las que estas partículas cargadas se mueven a gran velocidad.
Isótopos raros. Normalmente, buena parte de esas partículas cargadas y rayos cósmicos no logran atravesar el campo magnético de la Tierra. Sin embargo, cuando son muy intensas pueden llegar en mayor cantidad hasta nuestra atmósfera e interaccionar con los gases que hay en ella. En esa reacción se pueden formar isótopos como el berilio-10 o el carbono-14. Se trata de átomos de berilio o carbono con una cantidad de neutrones en su núcleo distinta a la del berilio y el carbono que más abundan en la Tierra. Conocer este proceso es útil, porque nos puede dar pistas a dos niveles.
Por un lado, el berilio-10 se deposita en las capas de hielo, mientras que el carbono-14 se oxida, transformándose en dióxido de carbono y pasando a formar parte del ciclo del carbono. En este ciclo, los seres vivos lo incorporan a sus células de distintas maneras. Por ejemplo, las plantas lo hacen a través de la fotosíntesis. Y es aquí donde empieza lo que ha resultado tan útil a estos científicos.
Datación y meteorología solar. El carbono-14 se utiliza a menudo para datar fósiles, ya que proceden de seres vivos que en su día incorporaron ese isótopo en sus tejidos. En el momento que un ser vivo muere deja de incorporar carbono-14. Desde ese momento, empieza a desintegrarse a un ritmo conocido, por lo que se puede calcular aproximadamente cuándo murió. La cuestión es que, más allá de eso, si los niveles de carbono-14 son inusualmente altos, se puede determinar también si hubo algún evento solar extremo.

El poema describe una aurora
El poema. En su diario Meigetsuki, el poeta Fujiwara no Teika describió la observación de “luces rojas en el cielo sobre el norte de Kioto”. Esta ciudad se encuentra en una latitud demasiado al sur para que se formen auroras, pero claramente es eso lo que describe.
Las auroras son el resultado de un tipo de interacción entre los gases de la atmósfera y las partículas cargadas del Sol que provoca la emisión de luz visible. Normalmente se forman en los polos, pues son los puntos de la Tierra donde el campo magnético es más vertical, de manera que actúa como embudo, para que esas partículas puedan atravesarlo. Cuando ocurren lejos de los polos se debe a que la actividad solar ha sido muy intensa y se ha podido rebasar la resistencia que normalmente opone el campo magnético.
Lo que los árboles cuentan. Los anillos de los troncos de los árboles son una especie de calendario natural. Se forman desde dentro hacia fuera, por lo que podemos contarlos y calcular cómo han ido pasando los años. Por ese motivo, los autores del estudio que se acaba de publicar quisieron analizar los anillos de árboles enterrados equivalentes a principios del siglo XIII. En los anillos del periodo del invierno de 1200 a la primavera de 1201 encontraron un aumento de los niveles de carbono-14. Esto, además, concuerda con los niveles de berilio-10 hallados en los depósitos de hielo de ese mismo periodo. Todo concuerda.
También en China. Existen registros históricos de la época en la que astrónomos chinos también describen luces rojas en el cielo. Por lo tanto, parece claro que hubo auroras en latitudes inusuales.
Un caso muy raro. Lo más curioso de todo esto es que este fenómeno no ocurrió en el pico del ciclo solar. Posiblemente tuvo lugar en torno al mínimo periódico del mismo. Si había menos actividad, ¿por qué tanta aurora y carbono-14? Esto es algo que, de momento, los científicos no han sabido explicar. Quizás en el pico también hubo muchas auroras, pero ningún poeta se paró a escribir sobre ellas. Habría que analizar los anillos de los árboles para ver qué nos cuenta el carbono-14. Lo que está claro es que el Sol estaba que arde en aquella época medieval.
Imagen | Masaaki Komori (Unsplash)/Wikimedia Commons | Kush Dwivedi (Unsplash)
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La noticia
Un poeta medieval y unos árboles enterrados nos acaban de revelar algo muy extraño sobre el Sol del siglo XIII
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Azucena Martín
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