El debate sobre si debemos consumir más o menos carne suele estar plagado en muchos casos de ideología, pero cuando nos ceñimos estrictamente a la ciencia, la realidad es que se intuye que un refuerzo de la proteína vegetal nos puede dar unos cuantos años más de vida. Y no se trata de eliminar por completo los alimentos de origen animal, sino de hacer matemáticas nutricionales para sustituir una pequeña fracción de la proteína animal por proteína vegetal.
Grandes estudios hay detrás para poder llegar a esta conclusión, siendo uno de los más contundentes el publicado en The BMJ en 2020, que aglutinó a 31 estudios prospectivos y a más de 715.000 participantes. Aquí se vio claramente que una mayor ingesta de proteína vegetal se asoció con una menor mortalidad por todas las causas y, específicamente, por enfermedad cardiovascular.
Traducido a porcentajes, cada aumento del 3% de la energía diaria procedente de proteína vegetal se relacionó con un 5% menos de riesgo de muerte por cualquier causa. Por el contrario, la proteína animal no mostró una asociación clara (ni a favor ni en contra) con la mortalidad cardiovascular o por cáncer a nivel global.

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Hay más. Ese mismo año, la revista JAMA publicó los datos de la cohorte prospectiva NIH-AARP, que siguió a más de 416.000 personas. Sus hallazgos afinaron aún más el tiro, ya que apuntaron que al sustituir solo un 3% de la energía de la proteína animal por proteína vegetal, se asoció con un 10% menos de mortalidad total. El efecto protector fue especialmente marcado cuando esa proteína vegetal entraba en la dieta para reemplazar al huevo y, sobre todo, a la carne roja.
El único problema es que, aunque la afirmación tiene una base científica sólida, únicamente se ha evidenciado la relación a través de estudios observacionales. Es decir, no estamos ante una prueba de causalidad inequívoca.
La razón de que la proteína vegetal de la soja o las lentejas alargue la vida es algo que todavía está bastante discutido. La hipótesis biológica más sólida no defiende que la proteína vegetal sea un elixir mágico, sino que, al desplazar a las fuentes animales, suelen bajar varios factores de riesgo de golpe. Es lo que en nutrición se conoce como el efecto del «paquete».
Al cambiar un filete por un plato de legumbres, no solo se cambian los aminoácidos que se introducen al cuerpo, sino que se reduce drásticamente la ingesta de grasa saturada, hierro, sodio y, si hablamos de carne procesada, compuestos proinflamatorios. A cambio, se introduce en el organismo fibra, polifenoles y otros compuestos bioactivos presentes en los cereales integrales, semillas y leguminosas que pueden reducir el riesgo carbiometabólico global.
La letra pequeña. Aquí no se puede generalizar, y estos resultados no apuntan a que toda proteína animal sea un veneno ni que cualquier producto vegetal sea automáticamente un billete a la inmortalidad.
El resultado esperado depende en buena medida del alimento concreto que estamos sustituyendo en nuestro plato, ya que no tiene el mismo impacto metabólico reemplazar una salchicha procesada que un yogur natural, ni es igual de beneficioso cambiar el pollo por las legumbres que por un sustituto vegetal ultraprocesado lleno de harinas refinadas.

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La edad importa. La edad es un factor muy relevante que la ciencia ha evidenciado a través de un estudio publicado en Nature que analizó los suministros nacionales de proteínas en 101 países durante 60 años. Aquí se ha visto que, aunque la mayor disponibilidad de proteína vegetal se asocia a una mayor esperanza de vida, en los niños menores de cinco años la relación parece invertirse, sugiriendo que la proteína animal puede ser fundamental para su desarrollo.
Imágenes | Anna Pelzer Eiliv Aceron
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La noticia
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José A. Lizana
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