Ni eléctrico ni gasolina ni híbrido: el próximo modelo de Mercedes-Benz apunta como un misil para entrar de lleno en la guerra

Ni eléctrico ni gasolina ni híbrido: el próximo modelo de Mercedes-Benz apunta como un misil para entrar de lleno en la guerra

En plena Segunda Guerra Mundial, mientras los bombardeos aliados destruían fábricas alemanas y se consumían recursos a un ritmo imposible, muchas plantas que hasta entonces fabricaban coches, motores o maquinaria civil comenzaron a transformarse apresuradamente para producir vehículos militares, piezas de aviación y armamento. Algunas de las marcas más reconocibles de la industria automovilística europea descubrieron entonces algo que décadas después vuelve a resonar con fuerza: en tiempos de tensión geopolítica, una cadena de montaje puede cambiar de propósito mucho más rápido de lo que parece.

El giro inesperado, o casi. Durante décadas, el futuro del automóvil europeo parecía reducirse a una sola discusión: eléctrico, híbrido o gasolina. Sin embargo, la crisis industrial alemana y el rearme acelerado de Europa están abriendo una posibilidad completamente distinta. Mercedes-Benz, como antes Volkswagen, acaba de dejar claro que está dispuesta a entrar en la industria de defensa si el negocio tiene sentido económico. 

Eso se ha confirmado a través de una entrevista en el Wall Street Journal de su CEO, Ola Källenius, y es mucho más importante de lo que parece porque refleja un cambio profundo dentro de la industria automovilística alemana: las grandes marcas ya no solo miran al coche del futuro, también empiezan a mirar a la guerra como una nueva oportunidad industrial. En una Europa cada vez más obsesionada con drones, misiles, defensa aérea y producción militar, las fábricas de automóviles empiezan a verse no solo como plantas de coches, sino como posibles centros de fabricación estratégica.

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La tormenta perfecta. El contexto explica por qué esta idea empieza a parecer razonable incluso para empresas históricamente alejadas del negocio militar. La industria automovilística alemana atraviesa uno de sus momentos más delicados en décadas: caída de beneficios, presión de los fabricantes chinos, costes energéticos elevados, menor demanda europea y amenazas arancelarias desde Estados Unidos. 

Mercedes-Benz, por ejemplo, sufrió una fuerte caída de beneficios en 2025, mientras prácticamente todos los grandes fabricantes alemanes han anunciado recortes o ajustes laborales. Al mismo tiempo, la industria de defensa vive exactamente la situación opuesta. El rearme europeo tras la guerra de Ucrania ha disparado pedidos, inversiones y contratos militares hasta niveles históricos. Para muchas empresas industriales alemanas, el sector militar empieza a representar algo muy distinto a un negocio marginal: estabilidad, crecimiento y financiación pública garantizada durante años.

De coches a artillería. El caso de Mercedes no es aislado y lo hemos ido contando. Volkswagen también explora posibles colaboraciones militares mientras empresas de defensa como Rheinmetall estudian reutilizar fábricas de automóviles o absorber parte de su infraestructura industrial. 

El mensaje es claro: Europa está empezando a descubrir que muchas capacidades necesarias para producir coches modernos (metalurgia avanzada, electrónica, robótica, cadenas logísticas complejas o trabajadores altamente cualificados) son también extremadamente útiles para fabricar sistemas militares. La frontera entre ambas industrias empieza a difuminarse poco a poco. Ya no se trata únicamente de producir tanques o munición, hablamos de radares, drones, vehículos autónomos, sistemas electrónicos y plataformas de defensa aérea que requieren tecnologías muy similares a las del automóvil moderno.

La nueva economía de guerra europea. Como decíamos, la guerra de Ucrania ha provocado un cambio psicológico enorme dentro de Europa. Durante años, gran parte de la industria continental asumió que la globalización y la estabilidad hacían innecesaria una gran capacidad militar propia. Ahora ocurre lo contrario: gobiernos europeos están aumentando presupuestos de defensa a velocidades no vistas desde la Guerra Fría. 

Esa transformación está empujando a empresas tradicionalmente civiles a reconsiderar su papel dentro del nuevo contexto geopolítico. El propio CEO de Mercedes insiste en que cualquier actividad militar seguiría siendo pequeña frente a su negocio principal, pero al mismo tiempo reconoce algo revelador: puede convertirse en un nicho creciente y rentable. Es decir, la industria automovilística alemana empieza a asumir que parte del crecimiento futuro europeo podría venir directamente del rearme.

El coche del futuro quizá no sea un coche. Si se quiere también, lo más llamativo de todo es el simbolismo del cambio. Durante mucho tiempo, el debate sobre el automóvil giró alrededor de baterías, conducción autónoma y sostenibilidad. Ahora, algunas de las compañías más emblemáticas de Europa empiezan a hablar abiertamente sobre defensa antidrón, producción militar o colaboración con fabricantes de armamento. 

La idea de que el próximo gran negocio industrial europeo pueda estar más cerca de la guerra que de la movilidad sostenible habría parecido absurda hace apenas unos años. Sin embargo, la combinación entre crisis económica, competencia china y rearme continental está empujando lentamente a gigantes como la propia Mercedes-Benz hacia un terreno completamente nuevo e inesperado. 

Y eso revela hasta qué punto Europa está entrando en una etapa donde la economía, la industria y la seguridad empiezan a mezclarse cada vez más.

Imagen | Nara, RawPixel, Julian Herzog

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Ni eléctrico ni gasolina ni híbrido: el próximo modelo de Mercedes-Benz apunta como un misil para entrar de lleno en la guerra

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Miguel Jorge

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