Hay un zumbido bajo los paneles solares de Minnesota que los ingenieros no pusieron en los planos. Es un zumbido biológico, denso, antiguo. Debajo de las placas fotovoltaicas que convierten la luz del sol en electricidad, 122 especies de abejas nativas han encontrado algo que lleva décadas desapareciendo de los campos de cultivo de medio mundo: las flores.
No es casualidad. Es el resultado de una decisión de gestión que cuesta dinero, requiere planificación y que, según la ciencia más reciente, está dando resultados que nadie esperaba cuando se instaló el primer panel solar en un prado.
Las abejas están desapareciendo. Un estudio publicado en Nature Ecology & Evolution, con datos de 681 campos agrícolas en tres continentes y más de 19.500 especímenes de 910 especies de abejas silvestres, llegó a una conclusión incómoda: los pesticidas y la pérdida de hábitat están reduciendo las poblaciones de abejas de forma aditiva, independiente, sin que un factor compense al otro. Es decir, tener más hábitat natural alrededor de un campo no neutraliza el daño de los pesticidas. Y reducir pesticidas no basta si el hábitat ha desaparecido. Son dos problemas distintos que requieren dos soluciones distintas.
El trabajo, liderado por Anina Knauer e investigadores de Agroscope entre otras instituciones, encontró que los pesticidas no solo reducen el número de abejas: reducen también su diversidad funcional y filogenética. Las comunidades no solo se vuelven más pequeñas, se vuelven más simples, menos resilientes, menos capaces de hacer frente a futuras perturbaciones.

Llevamos años pensando que los paneles solares arrasaban el campo: resulta que las aves e insectos viven mucho mejor debajo de ellos
Un desierto con flores de temporada. En Iowa, en el corazón del Corn Belt estadounidense, el 72% del territorio está cubierto de monocultivos de maíz y soja. Menos del 0,01% de la pradera original sigue en pie. Es lo que los investigadores de la Iowa State University que publican en BioScience describen como «un ejemplo extremo de simplificación del paisaje». Las abejas tienen literalmente muy poco donde ir. Y cuando la soja deja de florecer a finales de verano, no hay nada. Las colonias entran en lo que la ciencia llama el feast-famine dynamic: la fiesta de la floración seguida de la hambruna que mata colmenas antes del invierno.
Este es el escenario de fondo. Un mundo agrícola que necesita urgentemente más hábitat para polinizadores, libre de pesticidas o con exposición mínima. Y en ese desierto, los paneles solares están haciendo algo que nadie esperaba.
14 plantas. 122 especies. Y una estrella inesperada. Un equipo de investigadores liderado por Bethanne Bruninga-Socolar, de Western EcoSystems Technology, y James McCall, del National Renewable Energy Laboratory, se hizo una pregunta muy específica: de todas las plantas que se pueden sembrar bajo y alrededor de paneles solares, ¿cuáles se establecen de verdad? ¿Y cuántas abejas pueden sostener?
El trabajo, publicado en Environmental Research Communications, testó 101 especies de plantas en ocho mezclas de semillas distintas en tres parques solares de la región de pradera tallgrass de Minnesota. Tras tres años de seguimiento, 14 especies de plantas herbáceas con flor habían conseguido establecerse con éxito. Con esas 14 especies como punto de partida, los investigadores cruzaron los datos con un exhaustivo catálogo de interacciones planta-abeja de la misma región. El resultado es que esas 14 plantas pueden sostener 122 especies únicas de abejas nativas, el 24% de toda la diversidad de abejas del estado de Minnesota, que cuenta con 508 especies documentadas.
La estrella del sistema es Zizia aurea, el Alejandro dorado, una planta de flor amarilla que florece a principios de temporada. Sola, sostiene 67 especies de abejas. Y 36 de esas especies —el 30% del total del estudio— solo visitaron Zizia aurea entre todas las plantas estudiadas. Si no está en la mezcla de semillas del parque solar, esas 36 especies no tienen nada.
No todas las flores valen igual. El estudio también documenta un matiz importante: los abejorros, el grupo de polinizadores con más especies en declive —tres de las once especies de Bombus del estudio están clasificadas como vulnerables por la IUCN: B. pensylvanicus, B. terricola y B. fervidus— no se llevan bien con Zizia aurea. Solo una especie de abejorro visitó esa planta. Los abejorros prefieren Monarda fistulosa, la bergamota silvestre, visitada por nueve de las once especies de Bombus del estudio. La lección práctica: no existe una mezcla universal. El diseño de qué se siembra debe responder a qué se quiere conservar.
¿Y qué pasa si hay pesticidas en los campos de alrededor? El estudio de Toth y colegas en BioScience, con más de una década de datos sobre franjas de pradera nativa insertadas en campos de maíz y soja en Iowa, revisó sistemáticamente la contaminación química en ese tipo de hábitat. Los pesticidas llegan —neonicotinoides, piretroides, fungicidas— pero en concentraciones que, para las especies mejor estudiadas, están por debajo de los umbrales de daño.
Y lo más importante: las concentraciones no son mayores que en el resto del paisaje agrícola circundante. No son una trampa ecológica; son una isla de recursos en un mar de campos que ya tienen pesticidas de todas formas. Además, una dieta rica en polen de calidad —exactamente la que proporcionan estas plantas— hace que las abejas toleren mejor la exposición química. La nutrición actúa como escudo. Los propios autores de ese trabajo señalan explícitamente que sus conclusiones son aplicables a «otros tipos de mejoras del paisaje para los polinizadores como setos, jardines de polinizadores, instalaciones solares con hábitat para polinizadores». No es una extrapolación periodística. Está en el texto del paper.
Si dentro hay flores hay abejorros. Si los estudios de campo responden al «¿funciona ahora?», el trabajo publicado en Global Change Biology por Hollie Blaydes y sus colegas de la Lancaster University responde a «¿seguirá funcionando en 2050?». El equipo modelizó los 1.042 parques solares operativos en Gran Bretaña bajo tres escenarios socioeconómicos para mediados de siglo: uno de sostenibilidad, uno intermedio y uno de desarrollo fósil con máxima intensificación agrícola. El hallazgo principal es contundente: la gestión del parque solar es el principal factor determinante de la densidad de abejorros dentro del parque, por encima de los cambios de uso del suelo en el paisaje circundante.
Los parques solares duran entre 25 y 40 años. Eso significa décadas de hábitat estable en paisajes que van a cambiar y, posiblemente, a empeorar para los polinizadores. Y hay un ángulo económico que tampoco es menor. Las colonias ubicadas cerca de vegetación nativa diversa evitan el feast-famine dynamic que en los monocultivos debilita colmenas a final de temporada. Menos suplementación artificial, menos costes, mejores colonias para invernar, mayor producción de miel. El estudio de Toth y colegas documenta que los apicultores del Corn Belt tienden a sobreestimar los riesgos de los pesticidas y a subestimar el valor de la nutrición, lo que hace que no vean el potencial de estos espacios para su propio negocio. Las empresas solares no tienen apicultores como interlocutores. Los apicultores no están mirando los parques solares como oportunidades de ubicación de colmenas. La ciencia ha demostrado que la sinergia es posible. La logística para hacerla realidad es la siguiente frontera.
La paradoja que nadie planeó. La infraestructura que estamos construyendo para salvar el planeta del cambio climático resulta ser, si se gestiona con un mínimo de intención ecológica, también un refugio para los seres vivos que hacen posible una parte sustancial de nuestra cadena alimentaria. Los paneles solares que generan electricidad limpia y debajo de los cuales florecen Zizia aurea y Monarda fistulosa son, al mismo tiempo, una respuesta a dos crisis distintas: la climática y la de biodiversidad.
No es automático. Requiere que alguien tome la decisión de no sembrar césped bajo los paneles. Requiere que alguien elija las semillas correctas. Requiere mantenimiento, seguimiento, diseño. Pero la base científica para hacerlo está, y es más sólida de lo que la mayoría de los operadores de parques solares —y la mayoría de los ciudadanos— saben. El zumbido bajo los paneles no estaba en los planos originales. Pero ya está ahí. La pregunta es si vamos a escucharlo.
Imagen | SolarPower
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La noticia
Llenamos el campo de paneles solares para frenar el cambio climático. Sin querer, hemos salvado a 122 especies de abejas
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Alba Otero
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