La ciencia ha resuelto el debate sobre la ambición: no es una virtud ni un defecto, sino un arma de doble filo

La ciencia ha resuelto el debate sobre la ambición: no es una virtud ni un defecto, sino un arma de doble filo

Históricamente, hemos catalogado la ambición en dos grandes extremos: o es el motor indispensable para alcanzar el éxito y progresar en la sociedad, o es un defecto egoísta que termina por corromper al ser humano. Pero la psicología no es tan radical, sino que cuenta con una postura mucho más pragmática al apuntar que la ambición actúa como un potente amplificador, cuyo impacto real sobre nuestra vida depende de dos factores determinantes como la motivación que la impulsa y cómo afecta a nuestro bienestar emocional.

El origen del deseo. La clave para entender cómo nos afecta la necesidad de llegar a lo más alto radica en diferenciar el motor que alimenta ese comportamiento. Aquí los diferentes estudios en el campo de la psicología dividen a la ambición en dos categorías fundamentales. 

Por un lado, encontramos la ambición intrínseca, que es aquella impulsada por el afán de superación personal, la búsqueda de autonomía, el desafío intelectual o el deseo de alcanzar la maestría en una disciplina. En el extremo opuesto se sitúa la ambición extrínseca, alimentada de forma casi exclusiva por la sed de fama, la acumulación de poder o el beneficio económico.

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Un matiz. Los investigadores han encontrado que esta variante extrínseca guarda una estrecha relación con comportamientos poco éticos, puesto que las personas que se mueven por este tipo de deseos presentan una mayor disposición a mentir o hacer trampas con tal de avanzar en su carrera. Si bien la ambición en términos generales se correlaciona con el éxito profesional, los datos demuestran que el fin no siempre justifica los medios y que el tipo de recompensa que buscamos moldea nuestra moralidad.

Ambición ciega. Cuando el deseo de escalar posiciones se descontrola y pierde su conexión con la realidad, puede derivar en terrenos pantanosos. Aquí la ciencia ha comenzado a abordar la ambición como un rasgo de enorme complejidad que debe separarse del simple narcisismo. 

Los psiquiatras advierten sobre el enorme peligro de lo que denominan «ambición ciega», una manifestación patológica donde se produce un desajuste total entre las metas que el individuo se impone y sus verdaderas capacidades, llegando a fusionarse con rasgos oscuros de la personalidad.

El entorno también cobra mucha importancia cuando hablamos de ambición, puesto que los estudios han demostrado que el contexto motivacional modula drásticamente nuestros límites. Las personas altamente ambiciosas son mucho más propensas a caer en conductas extremas o de un enorme autosacrificio cuando perciben injusticias a su alrededor o sienten que sufren una privación relativa en comparación con sus compañeros.

La paradoja del éxito. El impacto de ser una persona ambiciosa se vuelve aún más interesante cuando se analiza la evolución del individuo a lo largo de toda su vida. El clásico estudio longitudinal de Terman, que siguió el rastro de cientos de personas durante siete décadas, quiso analizar exactamente el coste real que tiene estar siempre apuntando hacia la cima. Y sus conclusiones apuntaron que la ambición predice un mayor nivel educativo, un prestigio ocupacional superior y mayores ingresos económicos en la edad adulta.

Sin embargo, ese ansiado éxito no se traduce mágicamente en bienestar absoluto, puesto que los datos apuntaron a que los individuos más ambiciosos no eran marcadamente más felices ni vivían más tiempo que las personas con aspiraciones más modestas. 

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El problema. El verdadero drama, y la mayor advertencia de los psicólogos, aparece cuando las altas expectativas chocan con el fracaso, puesto que si una persona basa toda su autoestima exclusivamente en los resultados que obtiene, la falta de éxito desencadena un riesgo drásticamente mayor de infelicidad crónica e incluso de mortalidad prematura. Perseguir la grandeza es un rasgo humano formidable, pero atar nuestro bienestar a la obligación de conquistarla es la receta perfecta para el desastre emocional.

Imágenes | Rajesh Singh

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José A. Lizana

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