La almadraba tienen fama de ser un arte milenario, artesano y sostenible. Pero tras de ella se esconde una de las industrializaciones más salvajes del mar

La almadraba tienen fama de ser un arte milenario, artesano y sostenible.  Pero tras de ella se esconde una de las industrializaciones más salvajes del mar

Los fenicios llegaron a las costas de Andalucía hace unos 3.000 años buscando oro, plata y cobre. Se quedaron por todo lo demás. Para el siglo V a.C., las factorías de la costa del Estrecho ya enviaban ánforas y ánforas rellenas de atún en salazón por todo el Mediterráneo. 

Según creemos, ahí fue cuando se inventó la almadraba. O eso creemos. 

Solo es la mitad de la historia. La otra mitad es lo que ocurre con los atunes que, pese a caer en el copo, no mueren ese día. Muchos de esos atunes (los más pequeños) acaban capturados y, aún vivos, se transfieren a jaulas marinas donde permanecen hasta cuatro meses alimentándose de pescado (sardinas, caballas, jureles o chinarros) hasta alcanzar el nivel idóneo de grasa que exige el mercado. 

Frente a la almadraba trimilenaria que entra «a sangre y fuego» en el copo y sacrifican el atún (para ultracongelarlo), hay otra que bordea el mundillo de la acuicultura, desestacionaliza la oferta y mejora la calidad del producto. La segunda, sin lugar a dudas, es la más desconocida. 

Y eso que las imágenes del sistema de engorde son espectaculares.

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Pero es un movimiento lógico. Al fin y al cabo, las almadrabas gaditanas solo captura pescado en una corta ventana de tiempo. Normalmente, entre finales de abril y mediados de junio. Reservando los atunes más pequeños y cebándolo hasta septiembre, el producto se puede vender mucho más caro.

Y es el único motivo para hacerlo porque la ratio de conversión alimentaria del atún rojo en jaulas es la más alta de cualquier especie criada o engordada en cautividad. Mientras nuestros atunes necesitan entre 20 y 30 kilos de pescado azul para ganar un kilo (20:1-30:1), el salmón solo necesita un kilo y el cerdo tres.

No está exento de problemas, claro. Ya sabemos que llenar el mar de piscifactoría es una enorme fuente de problemas ecológicos. Es verdad que ha tenido un efecto brutal en la democratización del consumo de pescado, pero el coste está siendo diezmar las poblaciones de peces salvajes. 

No obstante, el caso del atún es distinto. Su impacto sobre las poblaciones de pescados azules que sirven de alimento es grande, claro. Pero es pequeño aún, sencillamente porque no hemos aprendido a criarlo desde cero: hay que pescar para poder engordarlo. 

Si los esfuerzos de instituciones como el CSIC tienen éxito, el Estrecho tendrá un problema que se contará en miles de toneladas de exportaciones. 

Imagen | SLADE | Big Dodzy

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Javier Jiménez

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