La historia comienza en el año 2000, momento en que Francia vendió a Brasil uno de los grandes símbolos de su poder naval. Más de dos décadas después, aquel portaaviones terminó a 5.000 metros bajo el Atlántico, después de que Turquía rechazara desguazarlo y Brasil decidiera hundirlo deliberadamente. Por el camino, un “regalo” en su interior que, incluso bajo el agua, seguía dentro del barco y cuya cantidad exacta continúa siendo objeto de disputa.
Una venta con sorpresa. Lo cierto es que el Foch no era un barco cualquiera. Entró en servicio en 1963 y, junto al Clemenceau, fue durante casi cuatro décadas uno de los grandes exponentes del poder naval francés: nada menos que 265 metros contando la cubierta de vuelo, capacidad para unos 2.000 tripulantes y alrededor de 40 aeronaves, además de un historial que lo llevó desde las pruebas nucleares francesas en el Pacífico hasta Líbano y los Balcanes.
Cuando el Charles de Gaulle tomó su relevo, Francia encontró una segunda vida para el veterano buque: Brasil lo compró en el año 2000 por unos 12 millones de dólares y lo rebautizó como São Paulo.

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El problema: Francia no vendió solo 30.000 toneladas de barco. Hoy sabemos que antes de entregarlo, Francia había realizado trabajos de retirada de amianto y descontaminación, pero el proceso había quedado incompleto. De esta forma, dentro de aquella gigantesca estructura permanecían materiales peligrosos empleados durante décadas en la construcción naval: amianto, pinturas con metales pesados, PCB y otros compuestos tóxicos.
Durante años aquello fue un problema relativamente secundario mientras el São Paulo siguió siendo un buque militar, pero cuando llegó el momento de desmontar decenas de miles de toneladas de acero, el “regalo” se convirtió en el elemento que acabaría determinando su destino.

El Sao Paulo en 2013
Brasil descubrió otro problema: apenas navegaba. Porque el São Paulo debía convertirse en el buque insignia de la Marina brasileña, pero pasó buena parte de su nueva vida entre averías, reparaciones y accidentes. Sufrió varios incendios (uno especialmente grave en 2005) y la falta de repuestos complicó todavía más su mantenimiento, hasta el punto de que Brasil llegó a estudiar una gran modernización para prolongar su servicio hasta 2039 antes de descartarla por su coste.
Finalmente anunció su retirada en 2017 y completó el desarme en 2018: después de comprar uno de los mayores buques de guerra de América Latina, Brasil había conseguido utilizarlo operativamente durante una fracción de los años que esperaba.

Un AF-1 Skyhawk (A-4KU) a bordo del São Paulo
La salida: venderlo como chatarra y mandarlo a Turquía. Sí, en 2021, una empresa turca compró el antiguo portaaviones por alrededor de 1,9 millones de dólares con intención de desmontarlo en Aliaga y recuperar sus metales. En agosto de 2022, el São Paulo abandonó Río de Janeiro remolcado a apenas cuatro nudos y emprendió su última travesía del Atlántico, pero cuando se aproximaba al Mediterráneo la operación se vino abajo.
¿Qué ocurrió? Que las organizaciones ecologistas habían cuestionado el inventario de sustancias peligrosas del barco y Turquía retiró el permiso de importación ante las dudas sobre el amianto que todavía contenía. El destino que debía convertir al viejo portaaviones en toneladas de acero reciclado acababa de cerrarle la puerta.

El presidente Lula, su esposa Marisa Letícia y el gobernador de Espírito Santo, Paulo Hartung, a bordo del São Paulo, agosto de 2004
Brasil tampoco lo quería. El remolcador cruzó nuevamente el Atlántico, pero el regreso produjo una situación esperpéntica y ciertamente absurda: las autoridades tampoco permitieron que el barco entrara en puerto para ser examinado y desmontado. Así, durante meses, el São Paulo quedó atrapado frente a la costa brasileña mientras su casco continuaba deteriorándose, y la Marina advirtió de que podía encallar, hundirse de manera incontrolada o convertirse en un peligro para la navegación.
Un portaaviones que Francia había vendido dos décadas antes había terminado convertido en un gigantesco problema flotante que había cruzado dos veces el océano sin encontrar un país dispuesto a hacerse cargo de él.

El São Paulo y el USS Ronald Reagan durante un ejercicio de entrenamiento combinado en junio de 2004
Más sencillo que desguazarlo: enviarlo al fondo del océano. Sí, la Marina concluyó que el deterioro del casco hacía demasiado peligroso continuar remolcándolo y decidió realizar un «hundimiento planificado y controlado». El 3 de febrero de 2023, cargas explosivas abrieron el casco del São Paulo a unos 350 kilómetros de la costa brasileña, en una zona donde el Atlántico alcanza aproximadamente 5.000 metros de profundidad.
El Gobierno había intentado detener judicialmente la operación y la propia agencia ambiental brasileña, Ibama, había advertido de posibles daños sobre los organismos y ecosistemas marinos, pero los tribunales no bloquearon el plan.

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Y la “sorpresa” que Francia había dejado dentro se fue al fondo. Lo más polémico de toda esta historia es que nunca existió consenso sobre cuánto material peligroso quedaba exactamente a bordo. Las cifras manejadas por las autoridades brasileñas hablaban de unas 9,6 toneladas de amianto y cientos de toneladas de pinturas y otros materiales peligrosos, mientras organizaciones ambientales sostuvieron estimaciones muchísimo mayores y alertaron además de PCB, cadmio, plomo, mercurio y otros contaminantes.
Esa incertidumbre fue precisamente uno de los motivos por los que Turquía había rechazado el barco y por los que organizaciones como Basel Action Network calificaron su hundimiento como un desastre ambiental: veintitrés años después de que Francia vendiera el Foch a Brasil, el problema no se solucionó retirando todo aquello que quedaba dentro, sino depositando el buque entero a cinco kilómetros bajo el Atlántico.
Imagen | Rob Schleiffert, Brazil Navy, Ricardo Stuckert, US Navy
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La noticia
En 2000, Francia vendió un portaaviones de 265 metros a Brasil con una “sorpresa”. 23 años después no les quedó más remedio que hundirlo
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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