«El problema está en todas partes»: el campo español se está llenando de lobos, osos y linces y no todos están contentos

Lobos, osos, buitres, cormoranes, jabalíes, linces… Cuando, hace unos meses, le preguntaron a Christian Gortázar, catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha, sobre la fauna salvaje española, sus palabras fueron tremendamente certeras: «el problema está en todas partes». 

Y es que decenas de especies se están redistribuyendo por el territorio tradicional mientras la sociedad rural y la urbana se enfrentan por algo extremadamente básico: qué diablos es la naturaleza y para qué sirve.

¿Por qué estamos hablando de esto? Las quejas del sector agrario sobre la fauna salvaje llevan años entre nosotros. Sin embargo, en los últimos meses (y espoleado por la crisis de la peste porcina africana) el marco de «mala gestión» ha ido ganando peso en el debate público. Pero lo cierto es que la idea de que «hay muchos animales y nadie los controla» no es inocente.

Es, en realidad, un ‘paraguas discursivo’: una idea-fuerza que aglutina demandas muy heterogéneas (los recortes de la futura PAC, los miedos derivados del tratado de Mercosur, las cargas burocráticas, la subida de costes, la identidad rural, etc.). Esa es la principal razón por la que el debate político no encaja con el científico, pero no la única.

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Cómo sobrevivir al fin del campo. Hablar de España vaciada hoy por hoy es casi una obviedad: el 62% de los municipios españoles ha perdido población desde los noventa. En Castilla y León y Asturias esa cifra ronda el 85%. Para la población urbana es solo una cuestión sociológica, para la población rural es una cuestión existencial.

Creciendo. Y en ese contexto, el lobo se ha expandido al sureste, el oso ha duplicado su área de influencia y el jabalí se ha colado en pueblos y barrios (causando todo un terremoto económico y sanitario). Independientemente del efecto real de las medidas conservacionistas sobre el mundo rural, es fácil que la sensación de abandono generalizado cuaje en una aversión a esta forma de ver el campo.

Un debate legítimo. Desde un punto de vista ecológico, la recuperación de especies tiene sentido (siempre que se haga adecuadamente). Los ecosistemas degradados pierden la capacidad de adaptarse y se vuelven mucho más frágiles: recuperar especies es la estrategia más sencilla y costo-efectiva. 

Pero no debemos olvidar que esas especies vuelven a un mundo completamente distintos del que abandonaron y que los huecos que dejaron ahora están ocupados por «poderes fácticos» y realidades asentados históricamente en el campo y que aún perviven. 

Y esos poderes sostienen que la ‘intervención’ de las ciudades en su mundo es contraproducente. El debate, como digo, es legítimo (e incluso sano).

¿Y entonces? El problema real no es la discusión sobre si los recursos asignados a las medidas de recuperación estarían mejor invertidos en otras políticas. El problema es que en el debate público los datos y argumentos están desaparecidos; y todo se ha convertido en un lodazal partidista muy difícil de gestionar. 

Pero la fauna salvaje sigue ahí. Y los agricultores también. Siguen ahí, de hecho, todos los actores que nos han llevado hasta aquí. La duda fundamental es si hay un futuro que pueda entenderse como una solución. 

Imagen | Nancy Stapler

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Javier Jiménez

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