Pues ya está aquí. Tras su paso por Cavo Verde, el crucero MV Hondius se dirige al fondeadero de Granadilla de Abona, en Tenerife. Es una carambola enorme (que incluye animales infectados, barcos aislados durante semanas y muy mala suerte), pero desde luego no es una sorpresa.
Pese a que la respuesta de emergencia europa está funcionando bien, ningún país europeo tenía protocolos específicos, ni capacidad diagnóstica propia para un virus que lleva desde 2018 dando problemas y desde 2025 en ‘brote activo’ en Argentina.
Lo que está pasando. Bajo la solidez de la respuesta de emergencia y los discursos humanitarios, se esconde un problema claro: la vigilancia europea y sus protocolos de respuesta están calibrados para los hantavirus locales, pero no para un patógeno emergente del Cono Sur que lleva años mutando, expandiéndose hacia el norte argentino y duplicando su letalidad histórica.
Y eso, en un contexto como el actual, es una torpeza injustificada.

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¿Qué pasa con el virus? En Argentina, el Andes es un viejo conocido. Se trata de la única variante del hantavirus en la que «se ha descrito transmisión entre personas, aunque este fenómeno es poco frecuente y suele requerir un contacto estrecho y prolongado».
Por eso, el Ministerio de Sanidad viene defendiendo que, pase lo que pase con el crucero, «el riesgo para la población general es muy bajo y recuerda que la transmisión interpersonal del hantavirus andino es extremadamente infrecuente».
Todo eso es cierto y explica, en parte, la situación. Es decir, el poco interés que ha generado el virus en las agencias de salud pública del viejo continente. Lo que pasa es que, además de ser cierto, es algo parcial: la realidad es que, pese a las dificultades que tiene para contagiarse, el Andes está saliendo de su nicho patagónico hacia áreas más pobladas. En Buenos Aires se han detectado 42 casos esta temporada y una niña de 10 años murió el 8 de enero en General Belgrano.
La pista de que algo está cambiando tiene un indicador mucho mejor: la segunda provincia con más casos es Salta, en el norte, muy lejos de la región patagónica.
El otro indicador es la letalidad. Porque sí, pese a que hablamos de muy pocos casos, la letalidad también está cambiando. El histórico varía según año y región, pero había cierto consenso que la situaba en torno al 20%. En 2025 (datos consolidados parciales) trepó al 33,6% con 28 muertes sobre 86 casos. La temporada 2025-2026 confirma la tendencia (31,7%)
Nadie tiene muy claro por qué está pasando esto hay teorías que hablan mejora en la notificación de casos y otros que hablan de una mayor virulencia. Los datos del mayor brote reciente (el de 2018) no permiten decantarnos por ninguna opción.
¿Deberíamos preocuparnos? Como decía el Ministerio y coinciden todos los expertos, el diagnóstico es inequívoco: «el riesgo para la población europea es muy bajo». La transmisión persona a persona es muy rara (y requiere contacto estrecho y prolongado), la gestión parece buena y, además, no hay reservorios animales para estos virus.
Lo que ocurre es que el caso del Hondius es un claro ejemplo de de algo que llevamos años sopesando: que la ‘era de las epidemias’ no solo ha comenzado, está funcionando a pleno rendimiento.
Todos los factores que impulsan la emergencia de enfermedades pandémicas se han hecho más robustos desde el COVID: en 2024, el tráfico aéreo mundial superó los 4.890 millones de pasajeros, un 108% del nivel prepandemia; y la degradación forestal en los trópicos ha subido un 163% entre 2022 y 2024. Mientras tanto, la densidad poblacional en zonas problemáticas sigue creciendo y el cambio climático continúa expandiendo los vectores de transmisión.

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Si la pregunta es qué podemos hacer... la respuesta es mucho, aunque casi todo es poco sexy. La sensación generalizada es que hemos ido olvidando todas las lecciones que aprendimos durante la pandemia.
Imagen | Manuel
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La noticia
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fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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