¿Y si Ulises estuvo atrapado en un islote español? Sí, ese Ulises, el homérico, el mismo que logró detener al ejército griego, que venció a Polifemo con embustes y esquivó la mala fortuna de morir ahogado por cantos de sirena. Asunto de debate desde hace décadas, la tesis que la plantea es de Victor Bérard. En 1902 publica ‘Les Phéniciens et l’Odyssée’ y en ella recalca que la Odisea no es un cuento, es un documento geográfico, una pintura poética pero fiel a una realidad concreta.
Y la clave de todo es ese islote triangular de 15.000 metros cuadrados, sin agua potable, sin habitantes, a 200 metros de la costa marroquí. Eso es la isla de Perejil hoy, recordada por muchos porque en 2002 protagonizó un incidente armado entre España y Marruecos que se resolvió el 20 de julio, tras un desalojo por parte de tropas españolas de los gendarmes marroquíes que la habían ocupado. A cada poco hay ruido en torno al pedrusco, así que algo de magia encerrará.
¿Ahí estuvo preso Ulises? Cien años antes, un catedrático francés y el rector de la Universidad de Salamanca coinciden en que ahí mantuvieron encerrado a Ulises y, de hecho, que de ahí nace el nombre de España. Esto es gordo y quiero explicarlo bien. Bérard bautizó su método «topología»: bajo cada nombre griego buscó el original semítico, porque los helenos, al llegar después, traducían el topónimo fenicio sin borrarlo del todo.
Aplicado a Calipso, por ejemplo, el método da esto: Ogigia, la isla donde la ninfa retiene a Ulises siete años, es Perejil. La cueva de la Odisea encaja con la cueva real —entrada de 20 metros de alto por siete u ocho de ancho, dos salas interiores—. Y el nombre de la ninfa viene de «kalypto», que es ocultar en griego. Isla del Escondrijo. De ahí, sostiene Bérard, viene «I-spania». Y de ahí España.
De la tesis a la literatura. Eduardo Gómez de Baquero, conocido como Adrenio por el personaje de Baltasar Gracián, fue un furioso articulista en revistas de la época, con miles de columnas. Él resumió el hallazgo de la tesis en el periódico de Cartagena ‘La Época’, el 10 de junio de 1902. Diecisiete días después, Miguel de Unamuno firma en la revista ‘Alrededor del Mundo’ su propio artículo, «España-Perejil y la isla de Calipso», publicado el 27 de junio de 1902 (puede encontrarse su reedición, el tomo VI).
El grande de la Generación del 98, filósofo y escritor total, le pone el lazo a la tesis, celebrando el ingenio de Bérard, y cuela una anécdota de su maestro de griego Lázaro Bardón sobre el río Guadix (semita + árabe + castellano. Del árabe wadi, palabra que suele usarse indistintamente tanto para valle como río). Solo pone un pero: prefiere el vascuence. Según él, España viene de «ezpaña», labio, por la forma de la península en el mapa de Europa. Y acepta lo demás.
El 25 de julio de 2002, cinco días después de resuelta la crisis de Perejil, El País aprovechó para reeditar el artículo de Unamuno. Es curioso porque la filología seria apenas lo había documentado. Ya en 1904, las reseñas del libro de Bérard en la ‘Revue des Études Anciennes’ y la ‘Revue des Études Grecques’ separaban el grano de la paja. El principio de la topología les parece incuestionable: sí, los asentamientos humanos siguen leyes que derivan de su medio. Es solo que en la aplicación a este caso concreto, no tanto. Georges Radet decía que una admiración que se prohíbe la crítica no vale gran cosa.
Ogigia, ese dislate en cuestión. La localización de Ogigia sigue siendo una de las preguntas más disputadas de la Odisea. Un estudio de la Universidad de Malta cuenta al menos doce islas candidatas a lo largo de la historia, desde Ozoní (Grecia) hasta Corfú. Es esa isla que existe en todas partes y a la vez en ninguna, la prisión para la hija de Atlas que sirvió también para atrapar a Ulises. Y aquí, la investigación situó a Bérard y, más tarde, al autor L.G. Pocock como los responsables de identificar Ogigia con Perejil.
La candidata dominante desde la Antigüedad es otra: Gozo, en el archipiélago maltés, propuesta ya por Evémero en el siglo IV a.C. y por Calímaco en el III a.C. Estrabón y Plutarco, mientras tanto, situaban Ogigia directamente en el océano Atlántico. Un volumen reciente de la École française d’Athènes cierra el debate historiográfico: la teoría de Bérard no tiene respaldo en la tradición literaria y nadie la retomó después; su valor hoy es servir de contrapeso al «milagro griego» y a una lectura ahistórica de Homero —sobre todo desde el prisma alemán más nacionalista—.
Explicar de dónde viene España. Lo bueno es que aquella tesis bien nos puede servir para identificar otro nombre. El origen de «España» está documentado. El tesauro de toponimia histórica del Ministerio de Cultura sitúa el consenso en una raíz semítica —ugarítica, fenicia o hebrea— del segundo milenio a.C., aunque discute el significado. La versión más popular, la de Samuel Bochart en 1646, es «tierra de conejos»: se apoya en Catulo, que llama a la península «cuniculosa». Otras leen «costa del norte» o «costa de los metales». Y un matiz que Bérard ignora es que la palabra fenicia «is-pan-ya» nunca aparece en ninguna inscripción. Así que es pura reconstrucción lingüística.
De Baco (teoría báquica), del dios Pan… Iberia es el pueblo del río Íber e Hispania es muchas cosas más: la teoría fenicia dice que Hispania fue la nomenclatura adoptada por los romanos. Isidoro de Sevilla se centró más en el origen autóctono. El fundador, Hispalo, hijo de Hércules, fue quien la acuñó por accidente, al trasladar Hispalia a Hispania. Y, así, la hermosa Hispalis y actual Sevilla habría dado nombre a toda nuestra gran nación. Es imposible aclararse del todo.
Queda el islote. 74 metros de altura, roca y arbustos y una cueva capaz de albergar 200 hombres según el derrotero del Mediterráneo de la época. Y el perejil, claro, la planta que le da nombre en castellano, que según la propia Odisea crecía en la isla de Calipso junto a las violetas. El mito, al menos ahí, no necesita de ningún traductor.
Muchos años después, en ‘Las mocedades de Ulises’ (1960), Álvaro Cunqueiro siguió jugando con esta idea y convirtió este efecto Mandela en una mezcla de registros reales. La fabulación coqueteando con la historia para volver a contar el cuento. Porque esa es la clave de la literatura, ¿no? Que el héroe homérico quede así suspendido entre el archivo y el mito, entre el mapa y la voz. Los clásicos son mutables y permeables ante cualquier máquina de reescritura.
Imágenes | Wikipedia (eForge, trabajo propio / Ficha de Miguel de Unamuno) / Universal Pictures
En Xataka | El mapa definitivo del viaje de Ulises en ‘La Odisea:’ la película de Christopher Nolan, explicada de forma interactiva
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Desentrañando la teoría más extraña de ‘La Odisea’: la que coloca a Ulises en el islote de Perejil durante siete años
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Xataka
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Isra Fdez
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