La invasión de Ucrania en 2022 dinamitó los cimientos de la seguridad energética europea. Antes del conflicto, Rusia suministraba entre el 40% y el 45% de las importaciones de gas natural de la Unión Europea, inyectando más de 155.000 millones de metros cúbicos anuales en el continente. Ante la urgencia de desconectarse de Moscú, Europa estuvo buscando donde volver a llenar sus reservas y la respuesta estaba en el sur.
Para entender la magnitud de este giro, basta observar lo que está ocurriendo sobre el terreno. Según The Africa Report, bajo el abrasador sol del sur de Argelia, los ministros de energía de Argelia, Nigeria y Níger inauguraron oficialmente las obras del gigantesco Gasoducto Transahariano (TSGP). No es un proyecto sobre el papel; las tuberías ya se están soldando. Tal y como detalla Al-Monitor, la empresa estatal argelina Sonatrach ha comenzado a construir un tramo crítico de 1.210 kilómetros en la región de Aoulef, que conectará el gas nigeriano con el inmenso yacimiento de Hassi R’Mel, un nodo que ya cuenta con arterias directas hacia Europa.
Una cuestión de supervivencia. La Unión Europea planea poner fin a su dependencia del gas ruso a finales de 2027. La llegada de un nuevo corredor que aporte 30.000 millones de metros cúbicos de gas al año es un salvavidas estratégico.
Pero para el continente africano, el significado es aún más profundo. Se trata de resolver una paradoja histórica: ser un continente rico en energía pero con graves deficiencias de acceso eléctrico local. Según una investigación publicada en el Journal of Geo-Energy and Environment, el proyecto rival, el Gasoducto África-Atlántico (AAGP), podría generar unos 75 millones de dólares anuales en ingresos de tránsito para los países de África Occidental. Además, estos proyectos están diseñados para que una parte del gas se quede en los países de tránsito, impulsando su electrificación, su desarrollo industrial y reduciendo el uso de biomasa contaminante.

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La batalla de los megaproyectos. Sin embargo, este despertar energético ha desatado una feroz rivalidad geopolítica. Tal y como destaca The Africa Report, Argelia y Marruecos están compitiendo agresivamente para convertirse en la «puerta de entrada» exclusiva del gas nigeriano hacia Europa, liderando dos megaproyectos colosales que compiten por la financiación internacional y el favor europeo.
Sobre la mesa hay dos titanes de la ingeniería que prometen cambiar el mapa mundial:
- El Gasoducto Transahariano (TSGP): Liderado por Nigeria, Níger y Argelia. Business Insider detalla que medirá 4.128 kilómetros de longitud. Atravesará el desierto y se estima que su coste oscila entre los 13.000 millones de dólares y los 19.500 millones. Con las obras ya iniciadas en Argelia, el ministro de Petróleo de Níger ha confirmado que su país comenzará a construir su tramo de 720 kilómetros a principios de 2027.
- El Gasoducto África-Atlántico (AAGP / NMGP): La alternativa marroquí es aún más faraónica. Con una longitud de entre 5.600 y 7.000 kilómetros, bordeará toda la costa atlántica cruzando 13 países africanos. Su coste estimado asciende a unos 25.000 millones de dólares.
¿Cómo financiar infraestructuras de esta magnitud? La investigación académica concluye que, tras analizar múltiples estrategias, el modelo de Asociación Público-Privada (PPP) es la vía más robusta y viable. Este modelo permite movilizar el gigantesco capital privado necesario, transferir los riesgos de construcción y operación, y al mismo tiempo asegurar que los gobiernos locales mantengan beneficios fiscales y desarrollo de empleo.
La letra pequeña. A pesar de la euforia, los obstáculos son formidables. Como recuerda Al-Monitor, el gasoducto transahariano fue ideado en la década de 1970 y ha sufrido décadas de parálisis. Los análisis académicos advierten que la viabilidad del proyecto está amenazada por riesgos de seguridad históricos en el delta del Níger, el norte de Níger y el sur de Argelia , sumado a la inestabilidad política provocada por recientes golpes de Estado en la región del Sahel.
Además, existe un «elefante en la habitación»: la transición energética. El gas natural es visto como un combustible de transición. Para que estos gasoductos no se conviertan en activos varados (obsoletos) a largo plazo frente a las políticas climáticas europeas, los expertos señalan que deberán diseñarse con flexibilidad operativa. Esto incluye la capacidad de «flujo inverso» para redistribuir energía hacia el sur cuando Europa no la necesite , e incluso adaptar la infraestructura para transportar hidrógeno verde en un futuro descarbonizado.
Un nuevo eje de poder. El centro de gravedad de la energía mundial está descendiendo hacia el sur. Europa, acorralada por la geopolítica, necesita desesperadamente la estabilidad de nuevos proveedores; África, por su parte, exige la inversión y la infraestructura que históricamente se le ha negado.
El éxito de estos miles de kilómetros de tubos de acero, enterrados bajo las ardientes arenas del Sahara o sumergidos frente a la costa atlántica, decidirá mucho más que la temperatura de los hogares europeos en los próximos inviernos. El verdadero desafío histórico no es demostrar que el continente puede encender las luces del norte, sino atreverse a inventar un modelo donde África deje de exportar su riqueza para importar dependencia. El objetivo final es que la energía africana pertenezca y transforme, de una vez por todas, a su propio pueblo.
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Rusia cerró el grifo y Europa miró al sur: los dos faraónicos gasoductos africanos que quieren cambiar el mapa energético
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Alba Otero
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