En un tiempo en el que los grandes estrenos se construyen más en servidores informáticos que en platós reales, Tom Cruise sigue aferrado al espectáculo tradicional como último defensor de una forma de entender el cine que está en peligro de extinción. Su llegada al Festival de Cannes con Misión: Imposible – Sentencia final no ha sido solo la presentación de una película, sino una declaración de principios. Cruise no actúa solo como protagonista; se convierte en el espectáculo, en la garantía de que todavía existe un cine basado en el esfuerzo físico, la dedicación artesanal y la entrega total del intérprete.
Cruise, con 62 años, lleva más de tres décadas al frente de una franquicia que ha crecido a su medida. Misión: Imposible nació como una adaptación de una serie televisiva de culto, pero bajo su liderazgo se ha transformado en un monumento al riesgo. Cada entrega ha supuesto una escalada de locura, donde las acrobacias no se simulan, se ejecutan. Y él, a diferencia de otros grandes nombres de la industria, no se esconde tras dobles ni efectos por ordenador: salta desde helicópteros, cuelga de trenes o se desliza por rascacielos. En Cannes, el único “efecto especial” fue su entrada: sin vuelos rasantes ni paracaídas, pero con un aura de estrella de otro tiempo.
Esa nostalgia, sin embargo, no impide ver lo que Cruise representa hoy: la resistencia de un tipo de cine que no quiere ser reemplazado por algoritmos ni multiversos generados por IA. Mientras Hollywood se deja tentar por la producción en masa y la repetición de fórmulas, él apuesta por el cine como reto personal. En una conversación previa con su inseparable director Christopher McQuarrie, Cruise compartió anécdotas que rozan lo temerario, pero que revelan una ética de trabajo casi quijotesca: si hay que arriesgar la vida por una escena, se hace. Porque, según él, ese riesgo es el alma del cine.
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Y no se trata solo de una actitud. Es también un modelo económico que, sorprendentemente, funciona. La anterior entrega, Sentencia mortal, superó los 500 millones de recaudación global pese a una inversión colosal. La nueva, con un presupuesto que ronda los 357 millones de euros, aspira a igualar o superar esa cifra. La ecuación es simple: Cruise y McQuarrie son los dos pilares sobre los que se sostiene esta maquinaria. Ellos imaginan, ejecutan y entregan un producto que, aunque encuadrado dentro del blockbuster más comercial, se diferencia por la autenticidad de su ejecución.
El estreno en Cannes no es un gesto casual. Es el intento de reconciliar el espectáculo masivo con el prestigio cultural, de llevar la acción al templo del cine de autor sin pedir permiso. Porque si algo caracteriza a Cruise, además de su sonrisa indeleble y su impecable forma física, es una filosofía vital que roza el idealismo: “No pidas permiso para hacer algo. Hazlo”. Una máxima que aplica tanto a sus películas como a su forma de estar en el mundo. No sorprende que en su próxima aventura cinematográfica abandone el blockbuster para embarcarse con Alejandro González Iñárritu en un proyecto que promete un giro radical hacia el cine de autor.
En este contexto, Misión: Imposible – Sentencia final podría marcar el final de una era. No solo como posible despedida de Ethan Hunt, sino como epílogo de una forma de entender el cine de acción: física, tangible, humana. Cruise, con su aparición estelar en Cannes, se despide a su manera, dejando claro que si esta es su última misión, no será porque le falten ganas o energía. Será, quizás, porque ha decidido irse en lo más alto, sabiendo que ha llevado su visión hasta el límite.
Y ahora, como él mismo ha dicho, que sea el público quien decida si es realmente el final. Porque si algo ha demostrado Cruise durante todos estos años es que su verdadera lealtad no está con los estudios, ni con la crítica, ni siquiera con los premios: está con los espectadores. @mundiario
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