Te querré siempre, el viaje por un matrimonio en descomposición

Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954) es una de las mejores películas que Roberto Rossellini rodó para que las protagonizara Ingrid Bergman, su esposa de entonces, la famosa estrella de cine que acudió al director como admiradora de su obra e inmediatamente se enamoró de él. En esta ocasión, la acompañaba un convincente George Saunders, que hacía de Alex, su marido.

El título original nos habla de los días en que transcurre esta historia, aquellos en los que un matrimonio inglés viaja en coche hasta las cercanías de Nápoles, lugar en el que está enclavada una villa que han heredado de su tío. Ya en el trayecto hacia ese paraje observamos el desmoronamiento de ese matrimonio. Katherine le dice a él: “No sabía que te aburrías estando a solas conmigo”. “Me he dado cuenta de que somos dos extraños”, le responde él. Y en algo coinciden: “En casa todo parecía perfecto”. Y es que “en casa” poco se veían. Nunca habían estado tanto tiempo solos. Él vive obsesionado con su trabajo. No soporta esas vacaciones que le parecen vacías en muchos de sus momentos. Censura a esos lugareños meridionales, que se mueven a otro ritmo, mucho más lento que el de sus compatriotas. Hay mucha diferencia entre esos dos mundos.

Ya en la villa, cualquier intento de conversación choca con una aversión que parece larvada durante mucho tiempo y que ahora brota dominando cada escena. Ella se interesa por el arte, se acuerda de un amigo poeta que estaba enfermo y murió. Alex lo desprecia. “No era un bobo, era un poeta “, le contesta ella. Y él: “¿Y qué diferencia hay?” Es que como si se hubiera destapado la verdad de dos sensibilidades muy distintas, hasta el punto de revelarse incompatibles.

A partir de ahí, de ese desprecio que nace fundamentalmente de él, pero al que ella se agarra para rebatirlo desde una actitud parecida, queda claro que lo mejor va a ser que no compartan tantos minutos. Ella decide hacer turismo por su cuenta. Viaja al museo de Nápoles del que habló su amigo en sus versos. Por el camino, dolida, piensa en su marido: “Le detesto, presuntuoso”. En ese trayecto en coche vemos las calles bulliciosas: los curas, las monjas, una carroza mortuoria. Y notamos el nerviosismo, el malhumor de ella. No ve más que carritos de bebé. ¿Se asombra? ¿O se asusta por tener que sentir ahora envidia, lástima de sí misma por no haber sido madre?

A veces acuden a las reuniones burguesas que les corresponden.  Él parece flirtear con alguna. A ella le alegran los piropos. Él luego se preocupa. Katherine está yendo demasiado lejos en sus muestras de hostilidad. A sus excursiones las ve como la huida que son, y con sorna las llama “peregrinaciones”. Estamos en los tiempos anteriores a la invasión del turismo. Los museos, las ruinas, todo está prácticamente vacío. Ella visita la naturaleza candente de los viejos volcanes, las tumbas y las estatuas. Algún rijoso guía le resulta molesto, le repugna, tal vez como representante del género varonil al que pertenece su marido: “Todos los hombres son iguales. Cínicos y crueles”.  No es feliz en esas excursiones que fuerza. En ellas se siente desolada, siempre recordando con miedo y desprecio a Alex, que tal vez esté intentado una aventura por su lado. Y no se equivoca. Él la vislumbra, la desea, pero la mujer que le atrae, a la que se acerca expectante, le dice que acaba de reconciliarse con el marido que llegará esa noche.

Seguramente, si alguno de los dos cejase en su actitud desdeñosa, vencería la paz. Pero él es un hombre prepotente, seguro de sí mismo. Un burgués que desprecia todo aquello que no encaja en su aristocrática concepción de la existencia, con la particularidad de que él ama esconderse en el trabajo y odia a los ociosos. Un hombre que se aburre con su esposa, a la que tiene integrada en su vida por costumbre. No hay entre ellos más que una alianza de conveniencias, una presentable imagen ante el mundo que no ha de saber lo que pasa en su privacidad tediosa.

Todo en esta historia parece estar controlado para que ninguno de los miembros de esta desavenida pareja termine por “pecar”. Él regresa a Nápoles desde Capri, donde ha estado unos días. A las puertas del hotel hay una buscona que lo llama. Él la elude, arranca su coche, pero a los pocos metros regresa y la sube. Pero ese encuentro no va a terminar en lo previsible, sino que esa mujer le hablará de su vida, de algo tan dramático, tan poco excitante como de que se quiso suicidar.  

La distancia aumenta. Ella le dice: “Nunca dejas que adivine tus pensamientos”. Se afianzan en sus reproches. Se desprecian en tantas cosas, pero se aman secretamente, pues sienten que esas reacciones de odio hacia el otro contradicen un sentimiento esencial que permanece desterrado en el último fondo de sus corazones. Les molesta adivinarse mutuamente hostiles, pero ¿hay alguno de ellos que no se avergüence de promover la paz? ¿Están dispuestos a desdecirse, a reconocerse extraviados y confusos?

La película es también un recorrido por el atraso de un pueblo, la visión de una exótica sencillez. Paralelamente a la pura relación sentimental, Rossellini despliega su vocación documental haciéndonos ver en las ruinas que recorren los protagonistas la historia mostrada en los cuerpos calcinados por la erupción del Vesubio, en las catacumbas, en las calaveras de tantos que vivieron muchos siglos atrás. La muerte se revela como una verdad que contradice el fútil juego de estrategias hostiles en las que se empecina la pareja. Despeñados de su antigua unión, ahora no les queda nada más que infligirse el terrible -más que liberador- paso del divorcio. Están de acuerdo. Lo han convenido, pero es como si no se lo creyesen del todo. De todos modos, su situación les obliga a cierta convivencia.

El happy end con el que Rossellini decide resolver esta historia, este magnífico, sutilísimo relato de un distanciamiento sentimental, me parece bastante insostenible. A esa súbita y milagrosa reconciliación, que deviene tras otro milagro que se ha producido en el transcurso de procesión, no le auguro mucho futuro. Aunque es cierto que habita en ellos esa íntima voluntad, la realidad de sus caracteres, de su dispareja sensibilidad, podría fácilmente imponerse. Sería lo mejor que cada uno de ellos aprendiera a amar verdaderamente, que antepusiera el bien del otro al propio, que cada cercanía estuviese acompañada por la alegría, por la pasión, y cada ausencia por una lealtad incuestionable. Ojalá sí, se haya producido un verdadero y completo milagro. @mundiario

 

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