La primera película que Rossellini rodó, con la que llegaría a ser su esposa durante siete años, fue Stromboli (1950). Suponía un cambio radical en la filmografía de Ingrid Bergman, especialmente respecto a los rodajes en USA, trocando los espacios lujosos o de cartón piedra por la máxima autenticidad, por la pobreza, la humildad y la desnudez de las que se vestía el neorrealismo italiano.
La historia que se nos cuenta plantea un choque de mundos distintos. Karin, más que lituana, es ya una apátrida, una mujer que se ha quedado desasida del mundo, tras los graves acontecimientos provocados por el nazismo y el fascismo. Para ilustrar esta idea, qué mejor que rodear a esa mujer de un ambiente plenamente hostil, tanto el de la naturaleza, como el de sus cerrados, mezquinos, paletos habitantes. Y es que Karin proviene de una buena familia que lo ha perdido todo con la guerra. No le queda más remedio que volver a partir de cero. Confinada en un campo de refugiados italiano -había coqueteado con un oficial alemán−, es rescatada por un soldado, previo anuncio de su casamiento. Karin se verá obligada a trasladarse a su lugar de residencia, Stromboli, una pequeña isla siciliana, cuyo volcán siempre está activo, con alguna racha más intensa. Esta joven mujer no podía imaginarse lo que se iba a encontrar allí: la pobreza extrema, la rudeza, la oscuridad mental, la casa ruinosa; en definitiva, otro tipo −en muchos aspectos peor− de confinamiento.
En aparente contraste con la población general, su marido parece quererla de verdad, se esfuerza para que su estancia allí sea lo más feliz posible. Pero son dos seres que chocan culturalmente. Él quiere conservar los antiguos retratos de la familia, ella pinta una pared con el fin de superar esos tristes vestigios, de aportar algo de modernidad a ese mundo anclado en el más asfixiante pasado.
Al llegar allí se rebela. No puede soportar ese ambiente, ni comprender cómo algunos hombres que se fueron a Norteamérica han querido regresar. Pero otros sí han huido de allí, y ella quisiera seguirlos. Las mujeres, con velo, de luto, forman un ejercito fiscalizador, una policía de la moral. La escena en la que se acerca peligrosamente al farero en la playa, con el vestido arremangado, es contemplada desde lo alto del acantilado por las mujeres del pueblo que se asoman como cuervos dispuestos a atacar.
Karin, del confinamiento como refugiada ha pasado a una libertad falsa, a lo que siente como un destierro o una prisión al aire libre. Ilustrativa es esa escena en la que ella se mueve entre las calles de ese mísero pueblo, desesperada, sintiéndolo como un laberinto. “Yo soy diferente, muy diferente, pertenezco a otra raza”, le dice a su marido. Y, cuando su marido le enseña el dinero que ha ganado esforzándose para ella, trabajando de pescador: “Dinero… esto no es nada para una mujer como yo. Soy una persona culta y estoy acostumbrada a vivir de otro modo”.
En busca de ayuda, contacta con el cura, en quien, en principio, confía porque demuestra un nivel superior de cultura. Pero este se muestra inflexible ante las insinuaciones eróticas de ella, su poco sutil ofrecimiento carnal para que este le ceda 3.000 dólares que un paisano emigrante ha dejado en herencia al pueblo. Cuando la despide: “No puedo sentir más que una inmensa piedad por usted. Que el señor la guíe. Humíllese, tenga fe y rece”. Y: “Ayúdate, que Dios te ayudará…”. “Dios no me ha ayudado nunca”, responde ella. Y es que hasta quienes en teoría podrían apreciarla más, la encuentran indecente. “Eres una desvergonzada, te falta modestia, hija mía”, le dice la tía de su marido. Y es verdad que ella, ante su perentoria necesidad de huir, primero habrá seducido al que es ahora su marido, y luego lo ha intentado con el cura, y más tarde lo hará con el farero; pero el juicio moral al que se somete es anterior, y se basa en la apariencia de natural libertad en la que ella se mueve, en la ausencia de prejuicios, en la alegría de su vestimenta, en la ilusión que aún -pese a los palurdos y las mujeres censoras que la rodean- mantiene por vivir.
En esta película, se aprecia la afición que el director italiano tenía por insertar momentos que podrían ser parte de un documental. Toda la historia transcurre en un lugar real, con actores no profesionales -salvo Ingrid Bergman y el que hace de cura; el marido era un pescador que fue reclutado, aunque luego hiciera otras dos películas-. Las tomas de la isla, pese a su pobre calidad técnica, nos describen perfectamente su orografía, sus edificaciones; y, es más, el director aprovecha una erupción especialmente intensa, para rodar. Estas imágenes sirven para dibujar un infierno en los ojos de la protagonista. Aquello de lo que se ufanan sus habitantes, es para ella el horror. Así la escena real de una pesca del atún rojo, que es celebrada por los pescadores, horroriza a Karin. Como también se espanta cuando su marido le trae un hurón para que cace conejos. Su demostración la convencerá definitivamente de que tiene que huir con urgencia.
El marido la quiere, se esfuerza por ella, pero siempre a condición de que siga, de la forma más aproximada posible, los patrones de la vida del lugar. No le gusta el cambio de decoración que ella hace en su casa. Le pega cuando es humillado por sus vecinos, llamado cornudo cuando el casi inocente, no perpetrado, episodio con el farero; y, finalmente la encierra en casa cuando su mujer, resuelta, le dice que va a huir.
La parte final de la película es ese imposible intento de huida, a través de la naturaleza hostil. La desesperación de ella, los ruegos a Dios. Es un final abierto. Es un incierto umbral, y no una conclusión. Sola ante Dios, en medio de la salvaje naturaleza, en esa travesía infernal, se inclina a cierto ejercicio de humildad, de reconocimientos interior: “Ellos no saben lo que hacen. Son horribles, pero yo soy peor”. Stromboli nos hace vivir esa enorme brecha que a veces se da entre los hombres, derivada de la cultura, de la moral; una brecha que vence a la posible fraternidad, siempre maniatada por las circunstancias imperantes. @mundiario
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