El trauma de Sidney Prescott vuelve a ser el epicentro de la tragedia en «Scream 7», una película que parece más preocupada por calmar las aguas tras su convulsa producción que por innovar en el género. Con el regreso de Neve Campbell como la «madre de todas las Final Girls» y Kevin Williamson creador de la saga en la dirección, la cinta intenta un retorno a las raíces analógicas. Sin embargo, el resultado es un thriller que, aunque funcional, resulta demasiado básico para una franquicia que siempre se jactó de ir un paso por delante del espectador.
La trama nos sitúa años después, con Sidney intentando proteger a su hija adolescente, Tatum (Isabel May), de un nuevo Ghostface. A pesar de contar con secuencias de tensión bien ejecutadas y un prólogo ingenioso ambientado en un museo de asesinos slasher, la película se siente despojada de ese componente académico que hizo única a la saga. La ausencia de Jenna Ortega se nota en el ritmo, y aunque el guion intenta compensarlo con el regreso de Courteney Cox y una sorprendente aparición de Matthew Lillard (Stu), la pregunta sigue en el aire: ¿realmente nos importa ya quién está bajo la máscara?
Entre el trauma familiar y el espectáculo macabro
Uno de los pocos momentos que rompe la monotonía es el brutal asesinato de Hannah (Mckenna Grace), una escena de gran factura visual que recuerda el potencial de la saga para el horror creativo. No obstante, el resto de los ataques siguen un patrón rutinario que rara vez logra asustar de verdad. La película se toma muy en serio el dolor de Sidney, adoptando un tono de sinceridad que choca con el espíritu lúdico de las anteriores. Solo Jasmin Savoy Brown aporta los breves destellos de «frikismo» cinematográfico que solían ser el motor de la serie.
¿El final de una era para Ghostface?
En un febrero dominado por la taquilla de «Zootrópolis 2» y el fenómeno de Sydney Sweeney en «La Empleada», «Scream 7» llega a las salas como un producto nostálgico que probablemente cumplirá en taquilla, pero que difícilmente perdurará en la memoria colectiva. Williamson ha construido una secuela segura, evitando los riesgos que marcaron las entregas anteriores. Al final, esta entrega demuestra que, cuando una saga se vuelve demasiado exitosa, corre el riesgo de volverse demasiado cautelosa, atrapada en un género que ya no se atreve a ser «demasiado inteligente».
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