La historia del cine contemporáneo pierde a uno de sus intérpretes más sólidos y respetados. Robert Duvall murió el domingo rodeado de su familia, según comunicó su esposa, Luciana, poniendo fin a una trayectoria artística que atravesó más de medio siglo de evolución de Hollywood, desde el clasicismo hasta el cine moderno.
Para el gran público será siempre el frío y cerebral Tom Hagen en El padrino, el consejero de la familia mafiosa creada por Francis Ford Coppola. También el inolvidable teniente coronel Kilgore de Apocalypse Now, cuya famosa reflexión sobre el olor del napalm se convirtió en una de las frases más icónicas de la historia del cine bélico. Sin embargo, reducir su carrera a esos papeles sería ignorar la amplitud de un actor capaz de moverse entre la épica, el drama íntimo y el retrato social con la misma naturalidad.
Su Oscar llegó con Gracias y favores, donde interpretó a un cantante country fracasado con una mezcla de orgullo, vulnerabilidad y dignidad que definía su estilo interpretativo: sin exceso, sin teatralidad, siempre humano. Aquel premio confirmaba lo que la industria ya sabía desde hacía años: Duvall era uno de los actores más fiables y precisos de su generación.
Paradójicamente, su carrera cinematográfica comenzó casi en silencio. En Matar un ruiseñor encarnó a Boo Radley, un personaje sin apenas diálogo que, aun así, dejó una huella imborrable. Venía del teatro y la televisión, donde había aprendido el oficio clásico del actor de carácter: observar antes que exhibirse.
A lo largo de las décadas acumuló nominaciones al Oscar por títulos como El don del coraje, Camino al cielo, Acción civil o El juez, confirmando una constante: Hollywood recurría a él cuando necesitaba credibilidad. No era una estrella basada en el carisma superficial, sino en la autoridad interpretativa.
Duvall pertenecía a una generación de actores que transformó la actuación en pantalla, junto a nombres como Al Pacino o Robert De Niro, pero a diferencia de muchos de sus contemporáneos, nunca buscó protagonismo mediático. Prefería el trabajo silencioso y los personajes complejos a la celebridad. Esa discreción alimentó su prestigio.
Con su muerte desaparece un tipo de intérprete cada vez menos frecuente: el actor que sostenía una película sin necesidad de eclipsarla. Un rostro reconocible, sí, pero sobre todo creíble. En un Hollywood dominado por la espectacularidad, Robert Duvall representaba la esencia del oficio.
Su legado no se mide solo en premios ni en títulos memorables, sino en algo más difícil de definir: la sensación de verdad que transmitía cada vez que aparecía en pantalla. Y esa cualidad, en el cine, es lo más cercano a la inmortalidad. @mundiario
Fm Golfo Azul Villa Pehuenia


