El circuito internacional de certámenes cinematográficos continúa descubriendo producciones independientes capaces de conectar de forma directa con la sensibilidad del público masivo. En esta ocasión, el festival de Karlovy Vary ha sido el escenario elegido para el estreno mundial de Learning to Breathe Under Water. Este segundo largometraje de la realizadora Rebekah Fortune se presenta como una propuesta idónea para los distribuidores especializados en ficciones emotivas aptas para toda la familia. El filme cuenta con el indudable atractivo comercial de rostros consagrados de la escena internacional, respaldados por la nominación al Oscar de la actriz Maria Bakalova.
La trama toma como punto de partida visual una célebre ebanistería artística real ubicada en Oxford, consistente en la peculiarcmd escultura de un tiburón de fibra de vidrio incrustado en un tejado residencial. Sin embargo, para los fines de este relato de ficción, la acción se traslada a un pequeño pueblo de la campiña de Irlanda. Allí residen Peter, un afligido artista de mediana edad encarnado por Rory Kinnear, y su curioso hijo Leo. Ambos sobrellevan una rutina solitaria marcada por la dolorosa ausencia de la madre, manteniendo al animal artificial como un místico refugio secreto.
La monótona existencia de la familia cambia de rumbo con la incorporación de Anya, una optimista niñera de origen búlgaro interpretada por Bakalova. Aunque inicialmente el progenitor se muestra reacio a alterar su aislamiento voluntario, la joven introduce un soplo de vitalidad indispensable en la vivienda. El guion, confeccionado por Richard Brabin, destaca por su notable madurez psicológica al evitar las transformaciones mágicas o las resoluciones superficiales. Los cambios en la mentalidad de los protagonistas se producen de manera gradual y creíble a través de pequeños gestos cotidianos.
El verdadero pilar de la función recae en el joven intérprete de once años Ezra Carlisle, quien dota a su personaje de una vulnerabilidad sincera teñida de una fina ironía. Fortune ya había demostrado una enorme sensibilidad para retratar los conflictos emocionales de la juventud en su ópera prima de temática trans titulada Just Charlie. En esta ocasión, la directora enriquece la puesta en escena introduciendo breves segmentos de animación que ilustran los pensamientos internos del menor. El resultado es un retrato tierno sobre la infancia frente a las complejidades adultas.
La propuesta destaca por un cuidado planteamiento cromático ideado junto a la diseñadora de producción May Davies. La paleta visual contrapone los tonos azulados de las habitaciones con los colores amarillos de las pertenencias maternas. Aunque el tramo final de la cinta apresura ligeramente la resolución de los conflictos, la obra cumple con creces el exigente reto de dramatizar el trauma infantil sin caer en la condescendencia. Se trata de un relato reconfortante que asienta a Fortune dentro del panorama del cine contemporáneo europeo.
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