Girls Like Girls brilla como un tierno y seguro debut queer

La trayectoria que ha seguido Girls Like Girls hasta convertirse en un largometraje es verdaderamente insólita dentro de la industria del entretenimiento. En 2015, la estrella del pop Hayley Kiyoko revolucionó las listas con un himno de deseo lésbico cuyo videoclip resumía en cinco minutos el romance de dos amigas suburbanas. El tremendo impacto cultural llevó a la artista a escribir una exitosa novela juvenil expandiendo ese universo y, ahora, en pleno junio de 2026, la historia llega finalmente a las pantallas de cine convertida en un desarmante debut directorial que aborda el autodescubrimiento con una frescura y una seguridad formidables.

Una mirada nostálgica y ajena a los dramas del armario

Acompañada en el guion por Chloe Okuno y Stefanie Scott, Kiyoko acierta de lleno al ambientar la trama a principios de los años 2000, recurriendo a una sutil atmósfera de nostalgia millennial dominada por los mensajes instantáneos de ordenador. Sin embargo, el gran triunfo de la propuesta es que se distancia por completo de las clásicas y atormentadas historias de salir del armario. Coley, la tímida protagonista de 17 años interpretada de forma magistral por Maya da Costa, asume su orientación sexual con absoluta naturalidad, focalizando el conflicto en el puro anhelo romántico y en la barrera que empieza a difuminarse cuando entabla una íntima y eléctrica amistad veraniega con la extrovertida Sonya, a quien da vida Myra Molloy.

Pequeños gestos para retratar un volcán de emociones

La dirección de Kiyoko destaca por una sensibilidad exquisita a la hora de filmar la tensión del deseo incipiente. La cámara se detiene con mimo en detalles que a esa edad se sienten sísmicos, como el préstamo de una chaqueta o el roce de dos rodillas en el asiento trasero de un coche. Apoyada en la luminosa y cálida fotografía de Sonja Tsypin, que baña cada rincón de los suburbios en tonos ocre y miel, la cinta logra capturar ese limbo adolescente suspendido entre la timidez y la osadía. El broche de oro lo pone una emocionante versión ralentizada del tema musical original que cierra el metraje, recordándonos la efervescencia de los primeros flechazos desde la madurez de quien sobrevivió para contarlo.

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