Que una película de época se convierta en el epicentro de la conversación cultural del año no es habitual. Pero la versión que ha dirigido Emerald Fennell de Cumbres Borrascosas, la novela de Emily Brontë, ha logrado exactamente eso: polarizar a la audiencia meses antes de que el público pueda juzgarla en una sala de cine.
Lo que debía ser una nueva lectura cinematográfica de un clásico victoriano se ha transformado en un campo de batalla sobre fidelidad literaria, representación racial, erotización del relato y, en el fondo, sobre la propia figura de su directora.
Un reparto que encendió la mecha
El anuncio de que Margot Robbie y Jacob Elordi encarnarían a Cathy y Heathcliff activó las primeras alarmas. No solo por la edad —los protagonistas de la novela son adolescentes durante buena parte de la historia—, sino por la caracterización.
En el texto original, Heathcliff es descrito como un forastero de piel oscura, rasgo que ha alimentado durante décadas interpretaciones sobre su identidad racial y el rechazo social que sufre. Para parte de la crítica contemporánea, elegir a Elordi supone diluir esa dimensión del personaje y retroceder en términos de representación.
Las objeciones no son nuevas en la historia del cine, pero el contexto sí lo es: la sensibilidad actual ante el “blanqueamiento” y la autenticidad cultural ha elevado el listón del escrutinio público.
Erotismo y anacronismos: el tráiler como detonante
Si el reparto abrió el debate, el tráiler lo incendió. Las imágenes promocionales muestran una versión intensamente sensual de la historia: primeros planos sugestivos, corsés ajustados, gestos cargados de deseo y una puesta en escena que muchos han calificado de excesiva.
La banda sonora contemporánea —con música pop actual— y detalles de vestuario alejados del rigor histórico reforzaron la impresión de que Fennell no buscaba una recreación académica, sino una reinterpretación estilizada y provocadora.
Para sus detractores, el resultado trivializa una novela oscura y compleja; para sus defensores, actualiza su pulsión emocional para nuevas generaciones. En cualquier caso, la estrategia ha funcionado: pocas adaptaciones literarias habían generado tal volumen de debate previo.

La sombra de la directora
La polémica no se explica solo por el amor al texto de Brontë. También pesa la trayectoria de Fennell. Tras el éxito de Promising Young Woman y la repercusión de Saltburn, la cineasta se consolidó como una autora de estilo reconocible: estética cuidada, provocación explícita y una mirada ambigua hacia el privilegio social.
Su origen acomodado y su cercanía a círculos de élite han sido utilizados por algunos críticos para cuestionar su aproximación a relatos atravesados por desigualdad y violencia emocional. En este contexto, cualquier reinterpretación de un clásico canónico estaba destinada a examinarse con lupa.
El peso emocional de un libro generacional

Hay, sin embargo, una razón más profunda detrás de la reacción. Para millones de lectores, “Cumbres Borrascosas” no es solo una novela; es una experiencia formativa. Muchos la descubrieron en la adolescencia y la integraron en su imaginario romántico. Heathcliff y Cathy representan una pasión extrema que ha marcado lecturas sentimentales durante generaciones.
Cuando una obra así se reinterpreta con libertad, el debate trasciende lo estético: se vive casi como una apropiación de un recuerdo íntimo. Cualquier desviación del texto original se percibe como traición.
Paradójicamente, la propia Fennell ha confesado su devoción por la novela y ha reconocido que, de estar en el otro lado, quizá también reaccionaría con furia ante una adaptación ajena.
¿Escándalo o estrategia?
Mientras las redes arden y los artículos se multiplican, la pregunta clave permanece: ¿es la película realmente tan radical como sugieren los avances o estamos ante un fenómeno amplificado por la cultura digital?
Las primeras proyecciones han ofrecido opiniones encontradas, desde quienes la consideran una lectura fallida hasta quienes la celebran como un nuevo referente romántico contemporáneo. Sea cual sea el veredicto final, hay un hecho indiscutible: la película ya ha ganado la batalla de la visibilidad.
En una industria donde captar la atención es la mitad del éxito, la tormenta mediática puede resultar el mejor aliado. La vieja máxima de que no existe la mala publicidad cobra aquí pleno sentido.
La gran incógnita es si, tras tanto ruido, la película resistirá el juicio del público. Porque más allá de la polémica, la única prueba definitiva será la pantalla. @mundiario
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