Carlos Casas habla pausado y bajito, transmite calma en su mensaje, aunque su obra suele explorar entornos marcados por la convulsión, como es el caso de Krakatoa, su último trabajo cinematográfico y expositivo que ha sido presentado este sábado en el Festival Internacional de Cine de Rotterdam (IFFR) 2026.
El Krakatoa es una isla volcánica en el estrecho de Sonda, Indonesia, famosa por la devastadora erupción de 1883 que destruyó gran parte del archipiélago y causó más de 36.000 muertes. Considerada uno de los eventos volcánicos más violentos registrados, generó tsunamis de 40 metros. “Me interesó este suceso porque habla de nuestra incapacidad para entender la crisis climática y de la posibilidad de extinción de nuestra especie”, cuenta Casas en esta entrevista concedida a Cine&Series de MUNDIARIO días antes de su debut en Rotterdam. “Después de esa gran erupción el mundo fue diferente. Los atardeceres eran diferentes. La manera de vivir y de percibir este planeta cambió”, agrega.
Sobre esta erupción se ha dicho que provocó el grito más fuerte que la Tierra ha producido. Un sonido inigualable y cuando hablamos de sonido nos adentramos en el elemento central del trabajo de Casas: “Estoy fascinado por el sonido y enfrascado en lo que llamo la trilogía del sonido”.
El primer largometraje de esta trilogía es Cemetery (2019), la segunda es Krakatoa, “y la tercera está ahora en total desarrollo. Acabo de escribir una primera parte de un guión y espero rodar en los próximos años en Australia. Habla más de la antropofanía, de esos sonidos que producimos los humanos o en algunos aspectos la tecnología. Con esta película cerraré esta fascinación que tengo por el sonido”, cuenta Casas.
Pero volviendo a Krakatoa, la película de Carlos Casas compite en la sección Harbour como largometraje y en Art Directions, que es la sección de la instalación. El artista suele volcar su creatividad en diversos entornos o espacios. “Mi práctica como artista y como cineasta me ha llevado siempre a salirme de la sala de cine, a salirme del contexto temático e incluso disciplinario”, afirma Casas.
“Mis obras se han presentado igual en festivales de documental clásico que en salas de arte, que en festivales de música. Algunas veces la sala no es el único lugar en el cual una experiencia puede ser vivida, sobre todo porque la sala de cine tiene unas limitaciones.”, dice.
De hecho, Krakatoa, coproducción entre varios países europeos en la que la productora española Filmika Galaika lleva el peso de la misma, ya se presentó, antes que en Rotterdam, en el festival Intersección de A Coruña, con cuyo director, Gonzalo E. Veloso, tuvimos una entrevista el pasado año y que se puede leer aquí. “Presenté Krakatoa en uno de los laboratorios y recibió uno de los premios. Intersección es un festival que tiene la voluntad de crear un diálogo con el cine experimental, al igual que Rotterdam”, dice Casas. Y reflexiona en hacia dónde debería transcurrir la experiencia cinematográfica: “seguramente será más allá de las salas y tendrá un diálogo con otro tipo de experiencias, experiencias que tienen que ver con más el estado del espíritu actual, sobre todo también la capacidad de atención, la idea del multitasking”.
La importancia sobresaliente del sonido en Krakatoa
En el caso de Krakatoa, Casas recorre un camino similar al de Cemetery en el concepto de expansión del espacio. Y como el sonido supone un pilar fundamental, ha contado con uno de los grandes profesionales en el campo: Nicolas Becker, ganador del Premio Oscar por Sound of Metal. Su respuesta sobre el trabajo con Becker es amplia, pero merece la pena ahondar en ella. “El trabajo con Nicolás Becker fue un proceso que comenzó hace ya varios años. Antes de Krakatoa habíamos colaborado en una instalación para la Bienal de Shanghái, y desde entonces se estableció una relación muy directa, con una ambición clara: trabajar el sonido como un territorio capaz de transmitir sensaciones a las que la imagen no puede llegar.
Desde el inicio supe que era fundamental contar con alguien como Nicolás, alguien que no solo domina profundamente la tecnología del sonido, sino que entiende el sonido como una dimensión extrema, casi una cuarta dimensión, especialmente necesaria para una película como esta. Krakatoa exigía precisamente esa capacidad de ir más allá de lo visual.
A través de las frecuencias más bajas y de un cierto tipo de tecnología del sonido, podía trabajar directamente con la sensación del espectador, que es una de las grandes ambiciones del proyecto: coger al espectador y sumergirlo por completo en esas frecuencias, casi como si se convirtiera en un sismógrafo.
El proceso fue un viaje largo de intercambio, de pruebas constantes y de exploración conjunta. Se trataba de entender cómo extender la potencia de la imagen a través de la fuerza total del sonido y de las frecuencias. En ese camino trabajamos también con especialistas y científicos que nos ayudaron a traducir señales procedentes de erupciones volcánicas recientes en la Tierra: datos casi sísmicos que convertíamos en sonido.
Hubo además un elemento que para mí fue especialmente importante y que funcionó como una especie de guía del proceso. Se trataba de un gráfico histórico, el testimonio de la gran erupción del Krakatoa de 1883, procedente de un gasómetro situado en la antigua Batavia, la actual Yakarta. Ese gráfico registraba la variación del contenido del gas y reflejaba, casi como una onda, cómo se desarrolló la erupción desde las diez de la mañana hasta la medianoche, mostrando su intensidad a lo largo del tiempo. Para mí fue muy hermoso trabajar con una prueba casi forense de aquella catástrofe y utilizarla como referencia para luego experimentar y abrir otras posibilidades.
Reconstruimos muchas de esas frecuencias a partir de archivos obtenidos de distintos centros de investigación sísmica de todo el mundo. Eran datos puros que convertíamos en sonido. Fue un proceso muy estimulante, casi lúdico, entender esos testimonios de sismógrafos y traducirlos en frecuencias audibles. Ese trabajo nos ayudó especialmente a abordar las ondas bajas, los infrasonidos, y todo lo que tiene que ver con una percepción más física del sonido.
En la sala de cine, todo esto se materializó a través de un sistema 7.1, que nos permitió trabajar la espacialización tanto en las frecuencias más bajas como en las más altas. Fue un trabajo muy interesante tanto a nivel técnico como creativo y narrativo. El diálogo continuo con Nicolás fue clave, al igual que el trabajo con Kenneth Smuto, quien realizó el mix final.
En conjunto, ha sido un diseño sonoro muy ambicioso, que solo podía hacerse con alguien como Nicolás: una persona con una enorme voluntad de experimentar y que, pese a trabajar en grandes producciones y haber ganado un Oscar, sigue implicándose en proyectos como Krakatoa. No son películas de gran presupuesto, pero sí con una fuerte ambición artística, que le permiten explorar y experimentar de un modo que quizá no es posible en producciones más industriales como Mission Impossible. Aquí la experimentación es casi fisiológica, una puesta a prueba directa de la percepción humana”, se explaya Casas.
De qué va Krakatoa

Ambientada en las aguas de Indonesia, Krakatoa sigue a Kesuma, un joven pescador de Bagan. Kesuma sobrevive en una plataforma de pesca de bambú, situada a pocos kilómetros de la isla volcánica de Krakatoa. Tras una dura noche de pesca en la que los peces han desaparecido misteriosamente, conocemos al protagonista al día siguiente, mientras repara sus redes y cuida de su frágil hogar flotante.
Una explosión gigantesca lo toma por sorpresa y lo deja en estado de shock. Un tsunami lo arrasa todo y Kesuma despierta en una isla desierta, arrojado violentamente por las olas. Como náufrago, recorre la isla en busca desesperada de agua y alimento. A lo largo de su recorrido, el paisaje parece transformarse: de territorios devastados y áridos pasa a una selva exuberante y en plena floración.
Durante este viaje, Kesuma se encuentra con distintas plantas y animales hasta que finalmente descubre una cueva donde puede refugiarse, con la esperanza de que las erupciones terminen. En su interior, el sonido se vuelve cada vez más extremo. Al adentrarse en la cueva, Kesuma atraviesa eras geológicas y emprende un descenso hacia el centro de la Tierra, donde se encuentra con un río de lava. Hipnotizada, su mente parece caer en su interior mientras se sumerge en la abstracción. Nada puede prepararlo a él —ni al espectador— para lo que está por venir.

El personaje de Kesuma está encarnado por Roni. “Roni era un pescador que había sobrevivido a la erupción de 2018, así que, junto al equipo de producción exploramos la posibilidad de hacer la película con él, de ver si le interesaba revivir esa experiencia y utilizar la película casi como un trabajo de terapia, de comprensión y también como una forma de contar la historia que había vivido”, cuenta Casas. Y así fue, un actor no profesional, pero superviviente de un fenómeno natural terrorífico y maravilloso al mismo tiempo. @opinionadas
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