Simón Pérez es hoy el protagonista involuntario de una de las historias más perturbadoras de Internet. A diferencia de los mundos ficticios de Black Mirror, esta vez no se trata de ciencia ficción, sino de una realidad tan cruda y grotesca que supera cualquier libreto.
Desde hace meses, Simón transmite en directo su autodestrucción. En la pantalla aparece semi desnudo, sin descanso, consumiendo cocaína mientras conversa con sus seguidores. Ellos no solo lo observan, sino que lo incentivan, le envían dinero, le aplauden cada nuevo exceso, lo animan a continuar, a pesar de las consecuencias visibles en su cuerpo y mente.
Frases como “dale maestro, otra más” se repiten en el chat como un cántico macabro. Ha llegado a tirar objetos por la ventana, insultarse con su pareja, todo en nombre del espectáculo. Tal vez su nombre te suene por aquel video viral de 2017 junto a Silvia Charro, donde ambos, bajo el efecto de las drogas, hablaban de hipotecas.
Desde entonces, su vida ha sido un vaivén de intentos de recuperación y nuevas caídas. Su más reciente descenso, sin embargo, ha sido retransmitido como si se tratara de un programa de telerrealidad extrema. El morbo se convirtió en moneda de cambio y su salud mental, en contenido.
En las últimas horas, Simón ha ingresado voluntariamente en un centro psiquiátrico. Aun así, sus “fans” siguen intentando llevarle drogas o instarlo a fugarse para continuar transmitiendo. Lo que antes podría habernos parecido un experimento social distópico hoy es parte del presente: una audiencia dispuesta a cruzar todos los límites éticos, fascinada con la caída ajena.
Mientras tanto, en Black Mirror, se estrenaba recientemente el episodio «Personas comunes», donde un hombre se deja someter a torturas físicas por dinero en un streaming. En su momento parecía exagerado, pero la historia de Simón demuestra que la ficción se ha quedado corta. Lo que Brooker imaginó como advertencia, hoy es rutina, una comunidad online que no solo observa, sino que participa activamente en la degradación de otro ser humano.
¿Por qué alguien ve esto? ¿Por qué animar, pagar y alimentar un ciclo autodestructivo? La respuesta parece estar en nuestra relación con la tecnología, la deshumanización del otro y el placer morboso disfrazado de entretenimiento. Ya no se trata de advertencias futuristas: nos hemos convertido en los espectadores que la ficción temía.
En 2025, no hace falta imaginar el peor escenario posible. Solo basta con abrir una red social para ver cómo la empatía ha sido reemplazada por clicks, donaciones y carcajadas frente a la tragedia ajena. Lo inquietante no es lo que podría pasar. Lo verdaderamente alarmante es que ya está ocurriendo. @mundiario
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