La realización de largometrajes de género financiados al margen de los grandes estudios de Hollywood suele convertirse en una auténtica carrera de obstáculos para los creadores noveles. En el caso de Cowboy, la ópera prima del realizador estadounidense Nathan Grubbs que ha tenido su puesta de largo en el prestigioso Festival de Cine Raindance de Londres, las dificultades financieras terminaron por moldear de forma definitiva la propia identidad del metraje. Producido bajo el sello de la compañía Rubicon Entertainment, este personal thriller de corte policial y estética sureña se construyó de manera progresiva gracias al empeño de su director, quien decidió asumir también el rol protagonista ante la falta de un respaldo financiero convencional.
El proyecto se desarrolló de forma fragmentada a lo largo de más de doce meses de intenso trabajo de campo, obligando al equipo técnico y artístico a constantes parones logísticos para asegurar la viabilidad económica de cada capítulo filmado. Esta singular metodología de producción se convirtió en un reflejo temático de la propia trama de la película, la cual narra la compleja redención de un atracador que, tras cumplir condena en prisión, busca reconstruir su vida trabajando en un rancho de caballos bajo una identidad falsa. El destino le llevará a enamorarse de una mujer invidente que resultó herida durante su último golpe criminal, tejiendo un drama de ambigüedad moral.
Aunque el guion original estaba concebido para ser filmado en los áridos entornos naturales del estado de California, el traslado definitivo de la producción a Luisiana otorgó a la película una atmósfera mucho más íntima y asfixiante. Los imponentes bosques de robles cubiertos de musgo español y las infinitas vías de tren sustituyeron a los tradicionales paisajes desérticos occidentales, aportando una estética de cine negro marcadamente personal. El realizador, originario de esta región sureña de Estados Unidos, aprovechó esta obligada mudanza para impregnar el relato de sus propias vivencias y recuerdos de infancia, logrando que el entorno natural se convirtiera en un personaje fundamental de la trama.
La escasez de recursos económicos se compensó con creces gracias a la excelente implicación de las comunidades locales, que facilitaron de forma gratuita numerosos espacios para el rodaje de las secuencias de acción. Jinetes profesionales de rodeo y voluntarios de la zona colaboraron estrechamente en el diseño de producción, construyendo los corrales y aportando un realismo técnico difícil de conseguir en un gran estudio de grabación. Este inestimable apoyo comunitario permitió al director mantener un control creativo total sobre la obra, asumiendo la triple responsabilidad de escribir, dirigir y protagonizar esta intensa epopeya de redención.
Tras el excelente recibimiento cosechado en el certamen londense, el cineasta ya se encuentra inmerso en la preproducción de sus tres próximos largometrajes, entre los que destaca un thriller psicológico de ciencia ficción. Su debut tras las cámaras confirma la vigencia del cine de autor estadounidense, capaz de emocionar al público mediante historias profundamente arraigadas en la rica tradición del oeste americano.
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