La muerte del Papa Francisco ha devuelto al primer plano no solo el impacto político y espiritual de su figura, sino también la fascinación que el papado ejerce sobre el imaginario colectivo. A lo largo de las últimas décadas, el cine y la televisión han sabido capturar esa atracción, explorando desde ángulos diversos –algunos profundamente reverenciales, otros descaradamente irreverentes– la complejidad de la institución vaticana y el peso simbólico del Santo Padre. Lejos de limitarse a biopics o documentales piadosos, la ficción ha construido un retrato caleidoscópico de los pontífices, jugando con la realidad, la especulación y el simbolismo.
En este contexto, plataformas como Netflix, Apple TV o Max se han convertido en altavoces privilegiados para estas representaciones. Te presentamos algunos ejemplos que no puedes perderte para entender a una de las instituciones más antiguas del mundo:
1. El Papa como figura mística y perturbadora: El joven Papa
Paolo Sorrentino se aleja del retrato tradicional para crear a Lenny Belardo, alias Pío XIII, un Papa joven, enigmático y radical, que rompe con todos los clichés del pontífice bonachón. A través de una estética barroca, onírica y provocadora, la serie retrata al Vaticano como un escenario de poder, manipulación y soledad. Jude Law construye uno de los personajes más complejos de la ficción televisiva reciente, en una serie que mezcla filosofía, religión y política con un estilo inconfundible.
2. El Vaticano como escenario de suspense político: Cónclave
Edward Berger opta por un enfoque más sobrio y clásico con Cónclave, una película que recrea la elección del nuevo Papa tras la muerte del anterior. Con actores como Ralph Fiennes y Stanley Tucci, el filme se convierte en un thriller contenido que pone el foco en las tensiones internas, las ambiciones ocultas y los dilemas éticos dentro del Colegio Cardenalicio. Una representación contemporánea del Vaticano como tablero de ajedrez del poder eclesiástico.
3. El pontífice como símbolo de conflicto ideológico: Los dos papas
La cinta dirigida por Fernando Meirelles plantea un diálogo entre tradición y renovación dentro de la Iglesia católica a través de un encuentro ficticio entre Benedicto XVI y el entonces cardenal Bergoglio. El enfrentamiento interpretativo entre Anthony Hopkins y Jonathan Pryce trasciende lo actoral y da paso a una reflexión profunda sobre el papel del papado en el siglo XXI, atrapado entre la necesidad de reformarse y el peso de su herencia conservadora.
4. El pontífice como reformador en tiempos de crisis: El Santo Padre Juan XXIII
Esta producción italiana centrada en el Papa Juan XXIII y su impulso al Concilio Vaticano II ofrece un retrato humanizado del pontífice que abrió las ventanas de la Iglesia al mundo moderno. Aunque su impacto fuera de Italia fue limitado, la cinta reivindica el papel del Papa como actor relevante en los grandes cambios del siglo XX, especialmente en un contexto marcado por la Guerra Fría.
5. El Papa como supervisor del mal sobrenatural: El exorcista del Papa
Russell Crowe encarna al padre Amorth, exorcista jefe del Vaticano, en esta cinta de terror que mezcla hechos reales con licencias fantásticas. Aunque criticada por su tono excesivo, la película demuestra cómo la figura del Papa puede transitar incluso los terrenos del horror comercial, representando la lucha metafísica entre el bien y el mal en clave hollywoodiense.
Más allá de los títulos concretos, el éxito de estas producciones refleja una tendencia clara: la transformación del papado en un objeto narrativo versátil, moldeable y profundamente humano. Ya no se trata únicamente de representar la fe, sino de explorar las contradicciones, los temores, las soledades y los dilemas morales que acompañan al pontífice, convirtiéndolo en protagonista de historias que conectan con el público contemporáneo.
El cine y las series han dejado de mirar al Papa como una figura distante o sacrosanta para convertirlo en un personaje dramático, en ocasiones heroico, en otras inquietante, pero siempre fascinante. En tiempos de escepticismo, la pantalla no predica, pero sí interroga. Y en ese interrogante reside su poder narrativo. @mundiario
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