La paleontología moderna ahora mismo tiene dos grandes campos de trabajo, siendo uno de ellos las expediciones en lugares remotos y otro el de las estanterias de los museos. Y no es para menos, puesto que los mayores descubrimientos no se hacen picando piedra bajo el sol, sino limpiando polvo de cajones que llevan décadas cerrados. Esto es exactamente lo que acaba de ocurrir con un fósil antártico que, tras años almacenado en el Reino Unido, ha revelado ser una pieza clave para entender el pasado de nuestro planeta.
Una nueva prueba. No estamos ante el «primer fósil de dinosaurio en la Antártida», sino que estamos ante el primer fósil de este tipo que ha sido identificado tras una larga espera en un ‘cajón’ de los archivos de un museo.
Los archivos. La historia de este hueso es, en sí misma, fascinante, puesto que, tal y como ha documentado la BBC, el fósil lleva años en la colección del British Antarctic Survey. Durante décadas, permaneció en un limbo taxonómico y aunque se sabía de su existencia y de su procedencia antártica, no se había realizado el escrutinio anatómico necesario para clasificarlo con exactitud.
Ahora, un nuevo estudio ha puesto fin al misterio, ya que los investigadores han reexaminado la morfología del hueso y han concluido que pertenece a un dinosaurio saurópodo titanosaurio del Cretácico Superior.

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Su base. Para llegar a esta conclusión no se partía desde cero, sino que ya había registros previos sobre la presencia de saurópodos en la Antártida. Lo interesante de este nuevo estudio es que une los puntos, proporcionando la identificación formal y rigurosa que esta pieza del archivo necesitaba para entrar en los libros de historia.
Una Antártida verde. Identificar a un titanosaurio en la Antártida plantea una imagen mental que choca frontalmente con el paisaje actual del continente. Ahora mismo sabemos que los titanosaurios fueron un grupo de saurópodos que incluye a los animales terrestres más grandes que jamás han caminado sobre la Tierra. Pero la pregunta que nos hacemos es clara: ¿Qué hacía un animal de estas proporciones en un desierto de hielo?
La respuesta está en que la Antártida del Cretácico superior no se parecía en nada a la actual. En concreto, hace unos 70 millones de años, los continentes estaban dispuestos de otra manera, puesto que Sudamérica, la Antártida y Australia formaban conexiones terrestres intermitentes. Esto quiere decir que la Antártida no estaba cubierta por kilómetros de hielo perenne, sino que albergaba vastos bosques de coníferas y helechos, un ecosistema lo suficientemente rico y templado como para sostener la migración y la dieta de estos gigantescos herbívoros.

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Su importancia. Desde el punto de vista científico e informativo, el valor de esta noticia no reside en una expedición heroica reciente bajo tormentas de nieve, sino en la relevancia de las colecciones institucionales. El catálogo de fósiles del BAS demuestra que aún tenemos fragmentos de la historia de la Tierra acumulando polvo, esperando a que la tecnología de escaneo actual o la revisión de los expertos les otorguen su verdadero significado.
Este fósil, ahora oficialmente reconocido en la literatura científica primaria, no es «el primer dinosaurio de la Antártida», pero sí es la confirmación definitiva de que, en el pasado remoto de la Tierra, no había barrera ni latitud que se resistiera a los pasos de un titanosaurio.
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La noticia
El último gran hallazgo de la Antártida no se ha hecho bajo el hielo: llevaba décadas cogiendo polvo en un cajón
fue publicada originalmente en
Xataka
por
José A. Lizana
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