Cuando el cine se queda sin palabras: Dario Marianelli y la partitura que podría hechizar 2026

El cine de animación contemporáneo suele presumir de su virtuosismo visual. Sin embargo, pocas veces se recuerda que ese virtuosismo pierde buena parte de su poder si no encuentra una traducción musical a la altura. En el caso de Laika, esa conciencia ha estado siempre presente. No es casualidad que el estudio haya buscado reiteradamente la colaboración de Marianelli, un compositor cuya escritura orquestal posee algo cada vez más escaso en Hollywood: intención narrativa.

Quien haya escuchado con atención la partitura de Atonement, obra que le valió el Oscar, recordará hasta qué punto Marianelli es capaz de convertir un elemento aparentemente anecdótico en una idea musical estructural. Aquella máquina de escribir que se integraba en la orquesta no era un mero hallazgo sonoro: era una declaración de principios. La música no debía limitarse a acompañar la imagen, sino dialogar con ella, incluso discutirla.

Ese mismo enfoque resulta especialmente prometedor en una película como Wildwood, dirigida por Travis Knight, que propone un universo narrativo donde lo fantástico convive con una inquietud casi gótica. La historia, basada en la novela de Colin Meloy, sigue a dos niños que se adentran en un bosque misterioso para rescatar a un hermano secuestrado por una bandada de cuervos. A partir de ahí, el relato se despliega como una fábula moderna en la que lo maravilloso y lo perturbador se entrelazan con una naturalidad que exige algo más que una banda sonora convencional.

Ahí es donde Marianelli puede marcar la diferencia. Su música rara vez cae en el subrayado evidente. Prefiere trabajar con texturas, con motivos que evolucionan de manera casi orgánica a lo largo de la narración. Es una forma de escribir que recuerda más a la tradición sinfónica europea que a la lógica funcional que domina muchas partituras actuales. Dicho de otro modo: Marianelli compone pensando en el relato, no en el volumen.

La propia identidad visual de Laika parece reclamar esa sensibilidad. El stop motion del estudio no busca el hiperrealismo digital, sino una estética deliberadamente artesanal. Cada personaje, cada decorado, cada movimiento conserva algo de la imperfección humana que define a esta técnica. Cuando la música sabe dialogar con ese tipo de imágenes, el resultado suele adquirir una profundidad inesperada.

Basta recordar lo que ocurrió con Kubo and the Two Strings, una de las producciones más ambiciosas del estudio, donde la partitura contribuía decisivamente a la construcción del universo narrativo. En ese contexto, el regreso de Marianelli a una producción de Laika no parece una elección casual, sino casi una necesidad estética.

También hay algo reconfortante en la idea de que, en pleno 2026, todavía haya cineastas y compositores interesados en reivindicar la dimensión musical del cine como arte y no como simple acompañamiento. En un panorama dominado por bandas sonoras que a menudo funcionan como paisajes sonoros intercambiables, Marianelli sigue apostando por la melodía, por el desarrollo temático, por la emoción construida con paciencia.

Quizá por eso la expectativa que rodea a Wildwood no tiene que ver únicamente con su ambición visual. Tiene que ver con algo más difícil de explicar, pero fácil de reconocer cuando ocurre: ese momento en el que una película encuentra la música exacta para convertirse en memoria.

Porque al final el espectador puede olvidar muchos detalles de una historia. Lo que rara vez olvida es cómo le hizo sentir. Y en ese territorio invisible ,el de la emoción que permanece cuando las luces de la sala se encienden, compositores como Dario Marianelli siguen demostrando que la verdadera magia del cine, muchas veces, empieza en el oído. @mundiario

 

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