Los mayores de 65 años que se niegan a jubilarse: «Se vende como la meta dorada, pero para algunos es un abismo existencial»

Los mayores de 65 años que se niegan a jubilarse:

Leo tiene 79 años y sigue trabajando en la tienda de frutos secos que abrió hace 51 junto con su marido. Amadeo, un “tabernero” de 96, puede que sea el hostelero en activo más longevo de España; después de toda una vida trabajando, sigue diciendo con orgullo que está enamorado del gremio y que lo suyo es “un juego” que le alimenta espiritualmente. 

Estas dos historias se han hecho virales en el perfil en redes sociales de @comilonestv, que lleva tiempo recuperando historias de personas que “han pasado toda una vida trabajando” y continúan haciéndolo a pesar de haber superado la edad de jubilación. Los comentarios que acompañan a estos vídeos recogen una mezcla de asombro y admiración, pero sobre todo dejan claro que estos casos representan una realidad no tan reducida en España —decenas de usuarios mencionan ejemplos similares en sus ciudades y entornos cercanos— . 

El momento de la jubilación suele imaginarse como una meta deseada tras décadas de trabajo: una etapa asociada a más libertad, tiempo propio y la posibilidad de retomar aficiones o descubrir otras nuevas. Sin embargo, para una parte de la población, la llegada de la jubilación no implica una ruptura total con su profesión. Mientras algunas personas se desvinculan completamente de su actividad laboral, otras optan por mantener cierto vínculo con ella o incluso deciden continuar trabajando más allá de la edad de retiro.

El peso económico

El paso de cobrar una nómina a recibir una pensión implica, en muchos casos, una reconfiguración de la economía en muchas casas. El dinero aparece entonces como una de las posibles motivaciones entre aquellas personas que eligen seguir trabajando cuando llega la oportunidad de jubilación.

Esta tendencia se ha disparado en la última década en Estados Unidos, donde estudios señalan cómo ha crecido el número de trabajadores de 65 años o más que permanecen en el mercado laboral. De hecho, algunas estadísticas señalan que en 2024 algo más del 22% de adultos de más de 65 seguían empleados, ya fuera a tiempo completo o parcial.  

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Mientras, en España, la última Encuesta de Población Activa (EPA) de 2025 ha situado el empleo entre los mayores de 65 años en máximos históricos, pasando de un 5% a un 14% en los últimos diez años. Detrás de este aumento hay múltiples factores, pero el económico aparece de forma recurrente en quienes deciden prolongar su vida laboral.

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Antonio, médico de 67 años que sigue ejerciendo en el ámbito privado tras jubilarse del sistema público —y que prefiere mantener su identidad reservada— , asegura que “el tema económico suele pesar mucho” en esta decisión. Especialmente, explica, porque muchas personas llegan a la jubilación con hijos todavía dependientes económicamente. “Es muy raro que a los 65 años la gente tenga a sus hijos ya colocados, emancipados y todos los gastos pagados”, señala.

Asegura que la situación ha cambiado mucho respecto a generaciones anteriores: “Antes cuando los padres se jubilaban los hijos ya estaban emancipados. Ahora no”. El retraso en la emancipación y el aumento del coste de vida hacen que muchas familias sigan teniendo cargas económicas importantes incluso después de alcanzar la edad de retiro, lo que según Antonio hace que en el sector sanitario sea “tan común” mantener la actividad: “Es muy raro el que a los 65 años dice: ‘Me llevo los zuecos y el fonendo para siempre’”.

Sin embargo, reducir este fenómeno únicamente a una cuestión económica sería simplificarlo demasiado para Gema Pérez Rojo, catedrática de la Universidad CEU San Pablo y psicóloga colegiada por el Colegio Oficial de Psicología de Madrid. Aunque el dinero pesa —y mucho en algunos casos—, la psicóloga cree que es una decisión multifactorial y “rara vez es solo por dinero”. 

Una decisión con diferentes “aristas” 

Las razones para seguir trabajando llegada la edad de jubilación rara vez responden a un único motivo. Para Antonio, de hecho, son varias: menciona los ingresos económicos, pero también la necesidad de mantenerse activo y evitar el aburrimiento —“¿Qué hago yo en mi casa 24 horas sin ninguna actividad profesional?”—, seguir sintiéndose útil, conservar una rutina, continuar ejerciendo una profesión que define como vocacional o “esperar” a su pareja, que aún no tiene edad para jubilarse. 

Rosa María Álvarez Barral, psicóloga en activo en Venezuela, tampoco cree que exista un “perfil concreto” de persona que elija continuar su actividad laboral más allá de los 65 años. A su juicio, se trata de una decisión en la que se mezclan factores motivacionales, sociales y económicos.

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“El trabajo hace que uno se sienta importante, valioso, distraído y que siga teniendo desafíos interesantes”, explica. Además, sostiene que la profesión puede convertirse en una parte importante de la identidad personal y aportar reconocimiento social, especialmente en personas con trayectorias largas o prestigio dentro de su sector.

“La jubilación se vende a menudo como la meta dorada de la existencia, pero psicológicamente es un territorio complejo. No es solo un cambio de horario; es una metamorfosis de la propia identidad”. Así explica la catedrática Pérez Rojo cómo la llegada de la jubilación puede ser “para unos un puerto de paz y para otros un abismo existencial”.

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Durante la vida laboral, la profesión es parte de nuestra carta de presentación. Y tras décadas dedicadas a un puesto, Pérez Rojo, que también forma parte del grupo de investigación Envejecimiento (BUENAVEJEZ), advierte cómo el “autoconcepto se fusiona con el rol”. De manera que, “al jubilarse no solo se deja un empleo, se deja una identidad”. La psicóloga Álvarez Barral habla de “simbiosis” o “matrimonio”: una “sensación de que tu identidad está ligada a tu profesión”. 

Es el caso de Nacho Valbuena, un periodista que a pesar de haberse jubilado hace tres años, sigue colaborando con medios de comunicación de manera muy activa. Para él, la vocación ha sido clave y la edad no ha representado un impedimento, ya que asegura no poder vivir sin ejercer el periodismo: “No pienso en la edad, tendré 90 años y seguiré con esta profesión (…) Se lleva muy dentro”.

Y es que el tipo de empleo resulta determinante a la hora de afrontar la transición hacia la jubilación. Quienes han desempeñado “trabajos con alta carga de estrés físico o mental o puestos monótonos” suelen recibir el retiro como “una auténtica liberación y un rescate de su salud”. Sin embargo, según señala Pérez Rojo, quienes han ocupado puestos de alta responsabilidad, prestigio o fuerte vocación, “tienden a vivirlo como una pérdida afectiva y de estatus”.

De oficio a hobby

Epifanía Martín—o Epi, como prefiere que la llamen— se jubiló hace cuatro años, y después de toda una vida dedicada a la confección, ha transformado su oficio en su hobby. “No es que no quiera desvincularme de mi profesión, es que mi profesión también forma parte de la vida cotidiana (…) Muchas veces tienes que coser”. Aun así, reconoce que le “encanta” y que le ayuda a relajarse cuando está “un poco más intranquila o preocupada”.

Ha sustituido el horario fijo de su trabajo por el de las clases de costura que Epi da en la asociación de vecinos de su barrio, donde enseña a otras mujeres “una profesión que se está perdiendo”. Aunque pudiera parecerlo, recalca que ni esas clases ni lo que cose ahora “tiene nada que ver” con sus años en activo: “Ya no hago trajes como solía hacer, ahora hago cosas chiquititas que me apetecen. Disfruto mucho más de mi profesión. Aunque me encantaba mi trabajo, no echo nada de menos trabajar”.

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Epi señala a Xataka que es “bastante común” mantenerse activo entre “modistas y costureras”: “La gente que cose o ha cosido en su profesión, sigue haciéndolo. Además, suele ser habitual tener cosas que hacer como arreglar un bajo o ayudar a alguien con algún arreglo (…) Desde luego que se hace, hasta que te lo permitan las manos, tu tiempo o tu salud”. 

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Mantenerse ligado a la profesión suele ser común en algunos sectores. Según señala Nacho Valbuena, el periodismo es otro ejemplo, como también lo son algunos oficios como la carpintería y la herrería, o las profesiones artísticas. Según señala Pérez Rojo, “el jubilado que mantiene la actividad como afición experimenta ‘motivación intrínseca”. Es decir, mantiene la estimulación cognitiva, la destreza manual y la satisfacción del logro, pero elimina el “estresor del rendimiento obligatorio: “Es la transición perfecta: quedarse con el disfrute del ocio y desechar la presión del empleo”.

En definitiva, alcanzar la edad de jubilación no siempre implica querer detenerse por completo. Para algunas personas, dejar de trabajar supone también abandonar una rutina, una identidad y una forma de sentirse útiles. Mientras unos optan por romper de forma tajante con su vida laboral, otros prefieren transformar esa relación con el trabajo: reducir el ritmo, mantener una actividad parcial o convertir el oficio en una dedicación más flexible y menos exigente.

Porque, más allá de lo económico, la jubilación también obliga a redefinir qué hacer con el tiempo, con la vocación y con una parte importante de quién se ha sido durante décadas.

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Imagen | Unsplash


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Anabel Cuevas Vega

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