A comienzos del siglo XX, un banquero de Wisconsin se cansó de que elogiaran los muebles que fabricaba con madera. Su respuesta fue una promesa tan absurda como ambiciosa: algún día cultivaría una silla más resistente que cualquier otra construida por manos humanas. Tardó once años en conseguirlo.
Ahora una pareja de Reino Unido le ha tomado el relevo.
Una idea nacida frente a un bonsái. Cuando Gavin Munro era un niño que pasaba largas temporadas en hospitales debido a la escoliosis y al síndrome de Klippel-Feil, encontró refugio observando los árboles desde la ventana. Entre ellos había varios bonsáis de sus padres y uno le llamó especialmente la atención porque su silueta le recordó a un trono.
Contaba en un estupendo reportaje The Washington Post que aquella imagen aparentemente trivial quedó grabada en su memoria durante décadas. Lo que comenzó como una fantasía infantil acabó convirtiéndose en una obsesión creativa: si era posible moldear un árbol para que pareciera una silla, ¿por qué no intentar que creciera directamente como una silla?
Repensar lo que es fabricar desde la raíz. Años después, mientras estudiaba diseño de mobiliario, esa vieja idea regresó con más fuerza. El detonante fue un ejercicio académico en el que analizó el ciclo de vida de una simple lata de refresco y tomó conciencia de la enorme cantidad de recursos, energía y procesos industriales necesarios para fabricar objetos cotidianos.
Esa reflexión le llevó a cuestionar también la producción tradicional de muebles. Le resultaba paradójico esperar décadas a que creciera un árbol para después cortarlo, fragmentarlo y volver a ensamblarlo en forma de silla. Empezó entonces a preguntarse si sería posible eliminar buena parte de ese proceso dejando que la naturaleza realizara gran parte del trabajo.

El nacimiento del Chair Orchard. En 2006, junto a Alice Munro, especialista en horticultura y posteriormente su esposa, comenzó una aventura que parecía tan extravagante como poco práctica. Ambos pusieron en marcha un campo experimental en Derbyshire al que bautizaron como Chair Orchard, el huerto de las sillas.
Los primeros años estuvieron llenos de errores, cambios de ubicación, problemas de luz solar y hasta vacas que destrozaron árboles jóvenes. Sin embargo, lejos de abandonar, continuaron perfeccionando un método que combinaba diseño, jardinería y técnicas agrícolas centenarias para guiar el crecimiento de los árboles hacia formas predeterminadas.
Cómo se cultiva una silla viva. Al parecer, el proceso es extraordinariamente lento. Todo comienza con un árbol joven que pasa varios años desarrollando sus raíces. Posteriormente se corta el tronco para estimular nuevos brotes que son guiados cuidadosamente alrededor de estructuras diseñadas para formar la silueta de una silla invertida.
Los Munro podan ramas, injertan brotes entre sí y realizan pequeñas intervenciones que orientan el crecimiento. Con el paso de los años, las distintas partes del árbol terminan fusionándose de forma natural hasta crear una única estructura sólida. Cuando la pieza está lista, se corta, se seca durante aproximadamente un año y se pule para obtener el resultado final.

20 años de trabajo para unas pocas piezas. La lentitud del proceso explica por qué, después de casi dos décadas de experimentación, los resultados siguen siendo reducidos. Muchas piezas prometedoras crecieron de forma inesperada justo antes de ser cosechadas. Algunas especies respondieron mejor que otras y numerosos diseños tuvieron que ser descartados.
Aun así, la pareja fue logrando producir prototipos funcionales, además de mesas, bancos, lámparas y otras estructuras experimentales. Cada pieza representa años de paciencia y observación, algo radicalmente opuesto a los ritmos de producción industrial contemporáneos.
Cuando la naturaleza deja de ser materia prima. Con el tiempo, los Munro descubrieron que el éxito dependía menos de controlar el árbol y más de colaborar con él. En lugar de forzar formas imposibles, aprendieron a respetar sus patrones naturales de crecimiento y adaptar sus diseños a las respuestas de cada especie.
Las pequeñas arrugas y marcas que aparecen en algunas piezas no se consideran defectos, sino el testimonio visible de esa colaboración entre diseñador y árbol. Su filosofía, cuentan, consiste en intervenir lo mínimo posible para obtener objetos duraderos sin romper la lógica biológica de la planta.
Sillas que valen como obras de arte. Aunque técnicamente muchas de las piezas pueden utilizarse como mobiliario, actualmente se venden principalmente como obras artísticas. Algunas han sido expuestas en museos y galerías de Europa, Asia y Estados Unidos, y una de ellas forma parte de la colección del San Francisco Museum of Modern Art.
Los precios parten de unos 87.000 dólares y varias ya han encontrado compradores entre coleccionistas e instituciones. Paradójicamente, los propios creadores no tienen ninguna en casa porque temen que su perro la destruya.

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Una visión que aún está empezando. Lo más llamativo es que Gavin Munro no considera que haya alcanzado su objetivo. Después de veinte años, cree que apenas está al principio del camino. Su ambición no consiste solo en vender piezas exclusivas, sino en enseñar la técnica a otras personas mediante la futura Full Grown Academy y extender el concepto de los huertos de mobiliario.
La idea que nació cuando un niño observó un bonsái desde una habitación de hospital ha terminado generando árboles con forma de sillas valorados en decenas de miles de dólares. Pero para sus creadores, el verdadero proyecto no son las sillas actuales, sino demostrar que quizá algún día las comunidades puedan cultivar parte de sus propios objetos en lugar de fabricarlos.
Imagen | Full Grown
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La noticia
Si Ikea fabrica sillas, esta pareja se está forrando con una técnica insólita: cultivarlas en su jardín hasta que crecen solas
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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