Va un francés y suelta cinco vacas en una pequeña isla donde Cristo perdió el mechero. Suena a chiste, pero es verdad: pasó en 1871, el francés era un granjero de la isla de Reunión y la isla de destino se llama Ámsterdam, tiene solo 55 kilómetros cuadrados y está en el océano Índico meridional. Lo que pasó después te sorprenderá porque bueno, también dejó ojiplática a la comunidad científica, como demuestran los diferentes estudios del quinteto.
Introducir una especie exótica en nuevos hábitats es una caja de sorpresas que suele acabar regular: pregúntaselo a los cangrejos oriundos cuando llegó el cangrejo americano, a los peces que había en el Ebro antes del siluro o a la mítica lagartija de las Pitiusas, que ha encontrado en las serpientes invasoras que puedes encontrarte nadando por las aguas de las Baleares un nuevo y feroz predador. Pero bueno, son solo cinco vacas y la isla es muy pequeña, ¿no?
Pues sí: la biología sostiene que para que una población foránea se establezca con éxito es necesario que haya un número suficiente de individuos iniciales para garantizar diversidad genética y evite la extinción por endogamia. Pero también se dan excepciones: la paradoja genética de la invasión, donde poblaciones minúsculas logran prosperar de manera sorprendente. Este es el caso de nuestro quinteto vacuno.
Érase una vez cinco vacas abandonadas a su suerte. En realidad, el granjero llegó a la isla junto con otra gente con la idea de quedarse, pero finalmente la cosa no cuajó y cinco vacas no es el equipaje de mano más liviano del mundo, así que allí se quedaron. Las condiciones subantárticas eran duras y genéticamente ahí había un cuello de botella, pero los animales no solo sobrevivieron sino que se reprodujeron con éxito y alegría.
De hecho, la población creció exponencialmente a lo largo de las décadas, alcanzando picos históricos de hasta 2.000 individuos: sí, la isla de Ámsterdam pasó a ser la isla de las vacas y además es uno de los pocos casos registrados a nivel mundial de vacas completamente asilvestradas.
Por qué es importante. Porque desafía uno de los principios centrales de la biología de la conservación: el tamaño mínimo viable de población, que establece que por debajo de un umbral una población tiene alta probabilidad de extinguirse por deriva genética, endogamia y acumulación de mutaciones (la cifra depende la especie y el modelo, pero que modelos clásicos apuntan a cientos o incluso miles de individuos). Entender estos procesos otorga herramientas teóricas para gestionar mejor especies invasoras y la conservación de reservorios genéticos.
Que cinco vacas fundaran una población viable durante más de un siglo es, en ese contexto, una anomalía que la ciencia no podía ignorar Además, ofrece una perspectiva valiosa sobre la velocidad a la que puede suceder los cambios evolutivos y conductuales en un mamífero cuando se rompe el vínculo de la domesticación.
Contexto. La isla de Ámsterdam forma parte de las Tierras Australes y Antárticas Francesas. Estamos hablando de un ecosistema insular aislado donde no había ni grandes depredadores ni otros grandes herbívoros competidores, por lo que qué es un poco de frío y viento. Esta condición inicial posibilitó que el ganado se extendiera, aunque a la larga la sobrepoblación terminó causando graves daños en la flora autóctona y amenazando a aves endémicas.
Bajo el microscopio, las muestras analizadas revelaron que había una ascendencia mixta: una combinación principalmente de ganado taurino europeo, pero también de cebú del océano Índico. Tras analizar el clima, comprobaron que las condiciones no eran demasiado diferente de otros escenarios conocidos en la vieja Europa, como por ejemplo Bretaña, así que las vacas no partían de cero: su preadaptación al clima amortiguó el impacto al nuevo hábitat.
Qué pasó en realidad. Algunas investigaciones iniciales apuntaban a que el ganado sufrió de «enanismo isleño» acelerado para adaptarse a la escasez de recursos, si bien los análisis genómicos lo descartaron: si estas vacas isleñas eran pequeñas era simple y llanamente por la herencia directa de sus ancestros, los también relativamente pequeños cebús de Madagascar y la raza Jersey.
El verdadero cambio ocurrió en su comportamiento: el estudio identificó que los genes que evolucionaron más rápido estaban relacionados con el sistema nervioso, lo que los autores interpretan como la firma genómica de la feralización: la capacidad de organizarse en manadas, reactivar respuestas de alerta y sobrevivir sin intervención humana.

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Sí, pero. Lo que este quinteto de vacas lograron fue una hazaña de la supervivencia, pero a qué precio: el análisis genético mostró una reducción moderada de su diversidad genética y una ligera acumulación de variantes potencialmente dañinas, algo esperable tras un cuello de botella tan severo, aunque sin llegar a los niveles críticos asociados a las poblaciones en riesgo de extinción.
Además, la historia tuvo un final triste y polémico: considerando el daño que causaban al medio ambiente de la isla, las autoridades decidieron sacrificar a todas las vacas en 2010 y este experimento único y su extraordinario y particular linaje genético llegó a su fin.
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Portada | Copernicus Sentinel 2021 vía Wikimedia y Iga Palacz
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La noticia
En 1871 un granjero abandonó a su suerte a cinco vacas en una isla remota. Contra todo pronóstico, colonizaron la isla
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Xataka
por
Eva R. de Luis
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