Durante décadas, ir al cine formó parte de la rutina de millones de personas. Era un plan sencillo, relativamente económico y al alcance de casi cualquier bolsillo. Una cita, una tarde con amigos o una actividad familiar que apenas requería planificación. Hoy la situación es muy diferente.
Los datos muestran que el precio medio de la entrada en España ha recorrido un largo camino. A mediados de los años noventa no llegaba los 3 euros. En 2010 ya alcanzaba los 6,50 y llegó a superar los 7,20 euros durante los años más duros del IVA cultural. Actualmente la media se sitúa cerca de los 6,90 euros, aunque en muchas ciudades una sesión de fin de semana supera con facilidad esa cifra.
Sin embargo, la sensación de que el cine es cada vez más caro no nace únicamente del precio de la entrada. El problema aparece cuando se suma todo lo demás. Transporte, aparcamiento, refrescos o palomitas convierten una salida aparentemente sencilla en un gasto mucho más elevado de lo que parece sobre el papel.
Es especialmente evidente en el caso de las familias. Cuatro entradas, algo de comida y el desplazamiento pueden acercar la factura final a cifras que hace unos años habrían parecido exageradas para una tarde de cine. Por eso muchas personas ya no se preguntan si una película merece verse en pantalla grande, sino si merece la pena pagar por verla antes que nadie.
El resultado es que las salas han dejado de competir únicamente entre ellas. Ahora también compiten contra el sofá de casa. Las plataformas permiten acceder a estrenos cada vez más rápido y ofrecen miles de títulos por una cuota mensual inferior a lo que cuesta una sola salida al cine para varias personas.
Esta realidad ha provocado un fenómeno curioso. Muchas películas de presupuesto medio han perdido capacidad para atraer espectadores. El público selecciona mucho más sus visitas y reserva el desembolso para aquellos títulos que considera verdaderos eventos. Grandes superproducciones, sagas consolidadas o fenómenos culturales son las que siguen llenando las salas.
De alguna forma, el cine ha regresado a sus orígenes. Ya no es una actividad semanal para una parte importante de la población, sino una experiencia puntual. Algo que se prepara, se comenta y se disfruta de manera más excepcional que cotidiana.
Por eso las promociones como la Fiesta del Cine, los programas para mayores o los sistemas de fidelización se han convertido en herramientas fundamentales para el sector. Porque el reto ya no consiste únicamente en atraer espectadores, sino en convencerles de que salir de casa sigue mereciendo la pena. Y quizá ahí esté la clave de todo: el cine no ha dejado de gustarnos, pero para muchos espectadores ha dejado de ser una costumbre para convertirse en un pequeño lujo. @mundiario
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