Hace 60 años un estudiante quiso estudiar las montañas de EEUU. Sin saberlo taló el árbol más antiguo que se conocía

Hace 60 años un estudiante quiso estudiar las montañas de EEUU. Sin saberlo taló el árbol más antiguo que se conocía

A simple vista ‘Prometeo’ era un pino retorcido, rugoso y de formas caprichosas que se alzaba sobre una montaña de Nevada. Nada que ver con las gigantescas secuoyas del Parque Nacional Redwood, también en EEUU, donde crecen ejemplares de más de 100 metros de altura con bases que rondan los 30 m de diámetro. Eso, claro, a simple vista. Aunque su tamaño no resultaba llamativo y apenas destacaba en la arboleda en la que brotó, ‘Prometeo’ era un árbol de casi 5.000 años, lo que lo convertía en uno de los más antiguos del mundo.

¿Por qué hablamos de él en pasado? Muy sencillo: porque en los años 60 un estudiante especialmente diligente con sus investigaciones lo taló con permiso de las autoridades.

Con ustedes, el Pinus longaeva. Su nombre tal vez no sea tan conocido como el de las secuoyas, los baobabs o los abetos de Douglas, árboles que llevan siglos fascinando a la humanidad por sus colosales dimensiones, pero los pinos bristlecone (Pinus longaeva) son igual de asombrosos. No por su tamaño, sino por su antigüedad. Ubicados sobre todo en las montañas de mayor altitud de California, esta especie se las ha apañado para sobrevivir durante varios milenios.

¿Cómo? Su crecimiento es muy lento y suelen brotar separados unos de otros, lo que les permite adaptarse a hábitats duros y aguantar mejor los incendios. La clave de su longevidad está sin embargo en su «arquitectura» y adaptaciones. Como recuerdan desde el Servicio de Parques Nacionales de EEUU (NPS), las raíces del Pinus longaeva solo nutren la parte del árbol que se encuentra directamente sobre ellas. Si esa raíz muere, solo afecta a su sección del árbol. De ahí que no sea raro ver ejemplares con la corteza seca en un lateral y que, sin embargo, siguen creciendo de forma saludable.

Prometheus Wheeler

Un viejo conocido. En Wheeler Peak, Nevada, se alzaba hace años un ejemplar magnífico de Pinus longaeva. Su altura no era nada del otro mundo, pero estaba tan retorcido y presentaba un aspecto tan vetusto que los montañeros de la zona lo bautizaron ‘Prometeo’. Visto con perspectiva el apodo no deja de ser irónico. En la mitología clásica Zeus impuso un castigo horrible al titán con ese nombre por haber dado a la humanidad el regalo del fuego y la metalurgia. En Wheeler Peak el ‘Prometeo’ que crecía enraizado a la montaña acabó pereciendo precisamente por el empeño de un estudiante universitario por comprender la geología de la región.

Para entenderlo hay que remontarse al verano de 1964, cuando Donald R. Currey, un estudiante de posgrado que estudiaba la era glacial del este de Nevada, tuvo una idea: para comprender mejor la formación de los glaciares decidió extraer muestras de los árboles más antiguos que crecían en la región. No era nada rompedor. La dendrocronología, la disciplina que se encarga de estudiar patrones climáticos analizando los anillos de los árboles, se remonta a comienzos del XX. De hecho, la idea de obtener muestras de los troncos sonaba tan razonable que las autoridades no pusieron impedimentos cuando Currey pidió permiso para su estudio.

La gran incógnita. En teoría lo que Currey planteaba era usar una broca para retirar pequeñas muestras del tronco, una especie de cilindros del tamaño de un lápiz que pudiesen analizarse luego en el laboratorio. Llegaba con que se apreciaran los diferentes anillos y sus características. Cuando le tocó el turno a ‘Prometeo’ algo se torció. O eso se cree, ya que más de seis décadas después sigue sin estar del todo claro qué ocurrió exactamente en Wheeler Peak.

Algunas versiones aseguran que la broca de Currey se rompió mientras el geólogo intentaba abrirse paso a través de la densa madera del pino, por lo que solicitó ayuda al Servicio Forestal. Para solucionarlo los operarios optaron por la solución más radical: sacaron la motosierra y talaron el árbol. Otras versiones aseguran que Currey no sabía cómo trabajar con un ejemplar tan complicado o que sencillamente no hubo error alguno y desde el principio necesitaba una sección transversal completa para estudiar el tronco. 

Fuera como fuera, hay dos detalles claros. Primero, que aquello fue el fin de ‘Prometeo’. Segundo, que Currey no trabajaba de extranjis. Tenía permiso del Servicio Forestal.

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Y llegó la sorpresa. No hacía falta cortar en dos a ‘Prometeo’ para intuir que era un árbol antiquísimo. Si Currey se fijó en este pino y otros de la zona era precisamente porque suponía que eran lo suficientemente antiguos como para darle una ‘foto’ amplia de los eventos climáticos que se habían sucedido en la región. La sorpresa llegó cuando llevó el trozo de madera a su laboratorio.

Por más antiguo que sospechara que era ‘Prometeo’, algo está claro: Currey se quedó corto. Cuando se puso a contar anillos de crecimiento sumó ni más ni menos que 4.862. Dado las duras condiciones en las que creció el pino, lo que pudo influir en la formación de las capas, los expertos acabaron concluyendo que lo más probable es que su edad se aproximase más bien a los 4.900 años. Es decir, el vetusto árbol ya asomaba en la montaña de Nevada cuando los faraones reinaban en el antiguo Egipto o Hammurabi gobernó en Babilonia.

¿El más antiguo del mundo? Si bien en los años 60 la conciencia medioambiental no era la misma de hoy, la metedura de pata fue considerable. Sobre todo porque fue el propio Servicio Forestal el que la hizo posible. La edad de ‘Prometeo’ es de hecho tan asombrosa que el propio NPS reconoce que en aquel momento se consideró «el árbol más antiguo jamás datado». Incluso superaba al famoso árbol ‘Matusalén’, otro Pinus longaeva de California que ronda los 4.850 años. Hoy ese título está en entredicho. Sobre todo después de que en 2012 se descubriese un árbol en teoría aún más vetusto, otro bristlecone de más de 5.000 años.

Las autoridades estadounidenses reconocen en cualquier caso que es «muy probable» que existan otros ejemplares de la misma especie aún más antiguos sin datar. «Los pinos bristlecone de la Gran Cuenca son notables por ser la especie no clonal más antigua del planeta. Sobreviven miles de años, presenciando el auge y la caída de grandes imperios», reivindican desde el Servicio de Parques Nacionales de EEUU. Si hablamos de «plantas clonales» la foto varía algo.

La muerte de ‘Prometeo’ sirvió al menos para aumentar la conciencia sobre la necesidad de proteger los árboles de la región. Especialmente los más singulares. Si quieres ver lo que queda de él puedes hacerlo de dos formas: contemplando su tocón, que sigue anclado al suelo de la montaña, sin vida, o viendo el fragmento extraído en 1964 por Currey, que se conserva en el Centro de Visitantes de la Gran Cuenca.

Imágenes | Laura Camp (Flickr) y Wikipedia

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Carlos Prego

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