Hace 2.500 años Atenas sufrió una epidemia que marcó el fin de su edad dorada. La ciencia está empeñada en saber qué la causó

Hace 2.500 años Atenas sufrió una epidemia que marcó el fin de su edad dorada. La ciencia está empeñada en saber qué la causó

«Las palabras resultan insuficientes cuando se intenta describir esta enfermedad. En cuanto a su sufrimiento, parecía casi más allá de lo humanamente soportable». Aunque las noticias sobre el hantavirus hacen que suene aún más aterrador, ese comentario, en realidad, tiene más de 2.000 años. Lo escribió el cronista Tucídides en su ‘Historia de la guerra del Peloponeso’ para dar una idea de la terrible plaga que asoló Atenas hacia el 430 a.C., una dolencia que él mismo padeció y segó la vida de unas 75.000 personas.

Durante siglos esa epidemia se ha recordado como la ‘peste de Atenas’, aunque en realidad no sabemos exactamente qué la causó. Ahora unos un grupo de investigadores griegos han arrojado algo más de luz sobre aquel oscuro episodio.

Detectives de epidemias. En un mundo hiperconectado, en el que la gente es capaz de desplazarse miles de kilómetros en unas horas y llega con bloquear un remoto estrecho de Oriente Medio para poner en jaque la economía mundial, el fantasma de las pandemias parece más presente, pero lo cierto es que la humanidad lleva siglos lidiando con él. Antes de la pandemia del COVID, tuvimos por ejemplo la de la Gripe de 1918 o la nefasta Peste Negra, que devastó Europa entre 1346 y 1353 y (según algunos cálculos) alcanzó tasas de letalidad del 60% en algunas regiones.

Mucho antes que cualquiera de ellas, en los tiempos de la Grecia Clásica, se registró otra epidemia igual de devastadora: la peste de Atenas. Gracias a autores como Tucídides, que además de cronista la padeció en sus propias carnes, hoy podemos conocer en detalle cómo se desarrolló y vivió aquel brote, que dejó decenas de miles de muertos. 

El episodio fue importante no solo por su saldo de fallecidos: entre 75.000 y 100.000 en los cuatro años que transcurrieron del 430 al 426 a.C. Uno de los fallecidos fue Pericles, un líder histórico de Atenas. De hecho los expertos suelen coincidir en que la plaga precipitó el declive de la Edad de Oro ateniense y su saldo de muertos facilitó su derrota final en la guerra contra Esparta.

The Triumph Of Death By Pieter Bruegel The Elder

La gran incógnita. A pesar de ese valor histórico, la plaga ateniense sigue envuelta en incógnitas. Sabemos cuándo se desarrolló, sabemos dónde lo hizo e incluso hay testimonios que sugieren que el brote inicial se registró en el África subsahariana, se extendió a Egipto y Libia y pasó luego a Atenas a través del Pireo. Lo que no está claro es qué causó exactamente la plaga y por qué fue tan desastrosa. Y eso que Tucídides se encargó de describir todos sus síntomas.

Ahora un equipo de la Universidad de Atenas (NKUA) han querido despejar esa incógnita analizando la sintomatología descrita por el cronista y comparándola con la de dolencias conocidas. El resultado lo han publicado en la revista AMHA.

Un pulso a la historia. Si resulta complicado seguirle la pista a un brote vírico en 2026, la tarea se vuelve descomunal cuando hablamos de una de las primeras epidemias conocidas en la historia de la humanidad. Para afrontar semejante desafío el doctor Dimosthenis Papadimitrakis y sus colegas tuvieron una idea: se fijaron en los síntomas descritos por Tucídides y otras fuentes, seleccionaron 17 enfermedades conocidas que se ajustan más o menos a esa sintomatología y crearon un «sistema métrico» con diferentes puntuaciones para determinar cuál de todas ellas se ajustaba más a la epidemia que golpeó Atenas hace 2.400 años.

«Lo más terrible, la desesperación». Ya fuera por su celo como cronista o porque él mismo padeció la enfermedad, Tucídides detalló cuáles eran los síntomas que padecían quienes contraían la peste de Atenas: jaquecas, fiebre alta, enrojecimiento e inflamación ocular, mal aliento, estornudos, tos y un profundo malestar gastrointestinal, como náuseas, vómitos, espasmos y dolorosas diarreas.

Con el tiempo en la piel del enfermo aparecían erupciones, pústulas y úlceras, sobre todo en la zona del abdomen. Quienes no soportaban la enfermedad fallecían pasados siete o nueve días, después de experimentar un intenso ardor que los llevaba a quitarse la ropa o incluso sumergirse en agua fría. «La gangrena de las extremidades y ojos era común tanto entre los supervivientes como las víctimas», detallan los expertos, que recuerdan que no era extraño que los pacientes que sobrevivían a la peste lo hicieran con amnesia.

«Lo más terrible era la desesperación en la que caía la gente al darse cuenta de que había contraído la peste. Adoptaban inmediatamente una actitud de absoluta desesperanza y, al ceder de esta manera, perdían su capacidad de resistencia», reflexiona Tucídides. «Las palabras resultan insuficientes cuando se intenta dar una imagen general de la dolencia».

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Descartando candidatos. Con ese punto de partida, Papadimitrakis y sus colegas elaboraron una lista de enfermedades que pudieron contraer los atenienses de hace 2.400 años y que coincidían en mayor o menor medida con los síntomas descritos por Tucídides. Les salieron 17 ‘candidatos’ potenciales, entre los que se incluye la cólera, el sarampión, la escarlatina, tuberculosis, ébola, malaria, viruela, peste bubónica, ergotismo o fiebre de Lassa.

Luego con esa tabla sobre la mesa, se hicieron dos preguntas: ¿Cuáles de esas enfermedades provocaban erupciones y gangrena?  ¿Cuántas se transmiten entre humanos? ¿Y qué evidencia histórica hay de cada una de esas dolencias? Gracias a ese análisis llegaron a una serie de conclusiones, aunque el equipo advierte que son solo hipótesis basadas en la probabilidad, no verdades firmes e incuestionables.

«La peste de Atenas presenta dificultades para identificar el agente causal por varios factores. La principal fuente de información son los relatos de Tucídides, pero su falta de conocimientos médicos y el lapso de hasta 20 años entre los eventos y su documentación pueden dar lugar a interpretaciones erróneas», explican los autores. «Además, la imposibilidad de aislar u cultivar el microorganismo responsable supone un obstáculo importante. Incluso si se descubrieran cuerpos conservados de víctimas de la peste, los microbios se habrían descompuesto con el tiempo».

¿Y cuál es la conclusión? Que de las enfermedades analizadas, la que tiene más papeletas es la fiebre tifoidea. «Parece cumplir con la mayoría de criterios, por lo que se la considera el agente más probable», resumen los investigadores. Además en una necrópolis de la época de la epidemia se detectaron restos de la bacteria que desencadena esa dolencia. ¿Significa eso que hemos resuelto el misterio? No necesariamente. Entre otras razones porque arroja dudas sobre cómo pudo transmitirse la enfermedad en Atenas hace más de 2.400 años. 

Más ventanas abiertas. Los investigadores reconocen que tanto el sarampión como la enfermedad meningocócica tienen bastantes bazas también y se ajustan a ciertos datos aportados por Tucídides. Otras dos enfermedades con un nivel de coincidencia considerable (aunque algo inferior) son el tifus epidémico, la tuberculosis y la escarlatina.

Más allá de las 17 enfermedades analizadas por los científicos habría aún otras dos posibilidades. La primera es que la peste de Atenas no respondiera solo a una dolencia, sino que la ciudad se viera sacudida a la vez por dos o incluso tres patógenos, como tifus y disentería. Otro «escenario plausible», admiten los expertos, es que el brote lo desencadenara una enfermedad desconocida y ahora extinta, como un arenavirus similar al virus de la fiebre de Lassa. 

Queda aún camino por andar, pero lo innegable es que la ciencia está un paso más cerca de resolver uno de los grandes enigmas de la Antigüedad Clásica.

Imágenes | Wikipedia 1 y 2

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Carlos Prego

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