Como escribía recientemente la periodista Jess Cartner-Morley en las páginas de The Guardian, los leggings han vuelto con fuerza. Ya no son una prenda relegada exclusivamente al gimnasio, sino que se han convertido en una opción elegante para el día a día. Se trata de una prenda de «nivel utilitario» —como la define Cartner-Morley— que prácticamente todos tenemos guardada en algún cajón. Y no es la única: le compramos a nuestros hijos uniformes escolares «antimanchas» para ahorrarnos horas de frotar, o nos abrigamos con un chubasquero repelente al agua de última generación. Buscamos ropa que nos ofrezca una comodidad absoluta. Pero, ¿nos hemos parado a pensar a qué precio?
La realidad es más escalofriante. Según recoge un reportaje de la red europea ENR (European Newsroom), en los Países Bajos, el Instituto Nacional de Salud Pública (RIVM) analizó muestras de sangre de sus ciudadanos y concluyó que prácticamente todos tienen químicos industriales en su organismo. A nivel europeo el panorama no mejora: el 14,3 % de los adolescentes presenta concentraciones en sangre que superan los niveles de seguridad, alcanzando picos del 23,8 % en Francia.
Estos compuestos, diseñados para hacernos la vida más fácil repeliendo el agua y las manchas, han saltado de nuestros armarios directamente a nuestro torrente sanguíneo. Esta es la historia de una invasión silenciosa.

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La magia tóxica de la industria textil. Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, hay que mirar a la ciencia. Según Agencia de Protección Ambiental de EEUU (EPA), las sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS) son una inmensa familia de miles de químicos sintéticos creados en la década de 1940. Se les conoce popularmente como los «químicos para siempre» o «químicos eternos» debido a que contienen un fortísimo enlace de carbono y flúor que los hace prácticamente indestructibles en el medio ambiente.
Su magia comercial radica en que repelen el agua, la grasa y el calor de forma excepcional. El informe Toxic Convenience (Conveniencia Tóxica), elaborado por la ONG Toxic-Free Future, documentó cómo estas sustancias se usan masivamente en todo tipo de textiles, desde sábanas y manteles hasta ropa de montaña. No obstante, un estudio científico publicado en la revista Environmental Science & Technology analizó ropa infantil en Norteamérica y descubrió que los uniformes escolares etiquetados y comercializados como «antimanchas» contenían niveles de PFAS significativamente más altos que otras prendas comunes.
Esta obsesión llega a los gigantes de la moda. Por un lado, la alta gama donde el fiscal general de Texas ha abierto una investigación contra la cotizada marca de ropa deportiva Lululemon. Cómo detalla The Washington Post, se investiga si sus prendas contienen PFAS, lo que supondría un engaño publicitario para unos consumidores que acuden a la marca buscando un estilo de vida «saludable», a pesar de que Lululemon asegura haber eliminado estas sustancias a principios de 2024.
Por otro lado, el extremo opuesto del consumo: la moda ultrarrápida. Un demoledor informe publicado por Greenpeace a finales de 2025, titulado «¡Qué vergüenza, Shein!», revela que esta plataforma sigue siendo un coladero de tóxicos. De 56 prendas y zapatos analizados, el 32 % contenía sustancias químicas peligrosas que superaban los límites establecidos por la Unión Europea. El dato más alarmante se encontró en una prenda adquirida en España, que excedía en más de 600 veces los niveles permitidos de PFAS.
Entonces, ¿cómo nos afecta? Saber que llevamos químicos industriales en la ropa que vestimos a diario ya es inquietante, pero sus efectos médicos documentados lo son aún más. La EPA advierte de que la exposición prolongada y la acumulación de PFAS en el cuerpo humano están vinculadas a graves problemas: alteraciones del sistema inmunológico y hormonal, aumento del colesterol, problemas en el desarrollo fetal, menor eficacia de las vacunas en niños y un mayor riesgo de sufrir cánceres como el de riñón y el testicular.
Hasta hace poco, se creía que el mayor riesgo venía de beber agua contaminada o ingerir alimentos. Sin embargo, Marta Venier, química ambiental citada por The Washington Post, advierte de los riesgos de la exposición dérmica. Sus temores han sido confirmados por un revelador estudio liderado por la investigadora Oddný Ragnarsdóttir de la Universidad de Birmingham, publicado en la revista Environment International. Utilizando modelos equivalentes de piel humana en 3D, los científicos demostraron por primera vez que 15 de los 17 PFAS más comunes muestran una absorción dérmica sustancial. Algunos compuestos, como el PFPeA, son absorbidos por la piel humana en casi un 60 %. Las zonas donde la piel es más fina —como el cuello, las axilas o la ingle, donde los tan de moda leggings generan mayor fricción— son especialmente vulnerables.
Y el riesgo no acaba al quitarnos la ropa. Graham Peaslee, profesor emérito de física y astronomía en la Universidad de Notre Dame, explica en The Washington Post que algunos PFAS usados en la ropa son volátiles. «Aunque estén colgados en tu armario, no los olerás porque son inodoros», detalla, pero liberan compuestos al aire que terminas inhalando directamente en tu propia casa.
¿Qué podemos hacer frente al armario? Ante esta avalancha de datos, el consumidor puede sentirse indefenso, pero los expertos insisten en que hay alternativas. A nivel corporativo, algunas marcas están asumiendo su responsabilidad. Un ejemplo es la firma de ropa de exterior Patagonia, que en un comunicado explicó su largo calvario para desengancharse de los PFAS. Relatan cómo cayeron en lo que los científicos llaman la «sustitución lamentable» (cambiar un químico tóxico de cadena larga por uno de cadena corta que resultó ser igual de dañino) y cómo hoy, el 99% de sus tejidos repelen el agua sin PFAS añadidos intencionadamente, prometiendo alcanzar el 100% muy pronto.
Para nuestro día a día, los expertos ofrecen varios consejos prácticos:
- La prueba de la gota: El profesor Peaslee sugiere poner una gota de agua sobre ese chubasquero o pantalón técnico sospechoso. Si tres horas después la gota sigue ahí, intacta, probablemente la prenda esté tratada con PFAS. Si se absorbe en un par de minutos, no tiene el químico.
- Leer entre líneas: Jamie DeWitt, toxicóloga de la Universidad Estatal de Oregón, recomienda desconfiar del marketing. Si una prenda se vende como resistente al agua o a las manchas, y no especifica de qué está hecho su revestimiento, «asume que tiene PFAS».
- Lavar y heredar: Marta Venier aconseja lavar repetidamente la ropa nueva para que desprenda parte de los químicos, y señala una ventaja inesperada de la moda circular: al comprar ropa de segunda mano, «el dueño anterior ya ha hecho esos ciclos de lavado por ti».
La gran batalla legal y ciudadana en Europa. Más allá del comportamiento individual, las instituciones han comenzado a mover ficha. Según recoge Euronews, Francia se ha convertido en pionera mundial con una ley histórica que prohíbe la producción y venta de cosméticos y prendas de vestir con PFAS a partir del 1 de enero de 2026, sumándose a iniciativas en Dinamarca o en estados norteamericanos como California.
Al mismo tiempo, la sociedad civil ha dicho «basta». Como informa France 24, Francia es actualmente el escenario del mayor juicio civil de Europa contra los químicos eternos. Cientos de vecinos y varias ONG han sentado en el banquillo a los gigantes industriales Arkema y Daikin, acusándolos de verter toneladas de PFAS en el «Valle de la Química» de Lyon, exigiendo indemnizaciones bajo el principio de «quien contamina, paga». La justicia empieza a sentar precedentes serios, según ENR, un tribunal italiano ya ha condenado a penas de hasta 17 años de cárcel a ejecutivos de la industria química por contaminar el agua potable con PFAS en la región del Véneto.
A nivel de la Unión Europea, se estudia ya una prohibición comunitaria total de los PFAS. Sin embargo, la medida choca con los intereses de la industria en potencias como Alemania, donde los políticos alertan del riesgo de «desindustrialización». Frente a estas resistencias, organizaciones como Greenpeace reclaman leyes contundentes, impuestos específicos a la moda rápida y la prohibición de su agresiva publicidad para detener lo que consideran un modelo intrínsecamente tóxico.

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El precio de la conveniencia. Escapar al 100% de los PFAS es hoy casi una utopía; como asumen los expertos del RIVM neerlandés, ya forman parte del agua que bebemos y de nuestra sangre. Sin embargo, como reflexiona la toxicóloga Jamie DeWitt en The Washington Post, «educarse sobre estos químicos y tomar el control sobre pequeñas cosas hace que nos sintamos un poco mejor frente a lo que no podemos controlar».
La próxima vez que nos pongamos unos cómodos leggings para ir a trabajar o le compremos un pantalón a prueba de manchas a nuestros hijos, deberíamos hacernos una pregunta incómoda. Resulta evidente que la conveniencia moderna nos ha salido demasiado cara. El lujo de no frotar el barro o de no mojarnos bajo una tormenta ha terminado dejando una mancha, de momento imborrable, en nuestra propia salud y en la historia del planeta.
Imagen | Photo by Yunming Wang on Unsplash
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La noticia
El alto precio de las prendas impermeables y antimanchas: los «químicos para siempre» han invadido nuestro armario (y nuestra sangre)
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Xataka
por
Alba Otero
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