Pedro Almodóvar ha comenzado el rodaje de Amarga Navidad, y el título ya sugiere una nota a pie de página en su filmografía: una confesión entre el cansancio emocional y la fidelidad estética. A sus 75 años, el director de Todo sobre mi madre o Dolor y gloria parece seguir, más que nunca, la senda de su propia memoria y la reconstrucción de sus obsesiones. La muerte de la madre, el cine dentro del cine, la mujer desbordada por el dolor, la evasión en un paisaje volcánico —Lanzarote como refugio mental— y el desdoblamiento de la identidad artística confluyen en un relato que parece más dirigido a sí mismo que al público.
Los actores escogidos, todos ya integrados en el ecosistema almodovariano, no son casuales. Bárbara Lennie, en la piel de Elsa, se enfrenta a un duelo no digerido que la lleva a una fuga hacia la creación, convertida en una directora de publicidad que trabaja para no sentir. Esta negación del dolor —el duelo que no se permite— es ya un signo reconocible del cine del manchego, donde la emoción contenida acaba estallando en la pantalla, siempre con una elegancia visual que contrasta con la herida que se narra. La compañía de Victoria Luengo como amiga cómplice y la permanencia de Patrick Criado en Madrid, como pareja salvadora, completan un triángulo emocional que funciona como escenario narrativo y, probablemente, simbólico. Junto a ellos, también veremos a Aitana Sánchez-Gijón, Milena Smit y Quim Gutiérrez.
Más allá de la sinopsis oficial, la clave está en la presencia del personaje del cineasta Raúl Durán, interpretado por Leonardo Sbaraglia. Un director y guionista cuya historia se entrecruza con la de Elsa y sus allegados, borrando las líneas entre ficción y vida. No es la primera vez que Almodóvar juega con este dispositivo metanarrativo —La mala educación, Dolor y gloria, Los abrazos rotos—, pero aquí parece ir un paso más allá: si el cineasta dentro del filme es un reflejo del propio Pedro, entonces Amarga Navidad podría leerse como una carta velada del autor a su propia trayectoria. ¿Se despide? ¿Hace balance? ¿O simplemente se sincera desde un lugar de madurez que ya no necesita el artificio del artificio?
En este nuevo trabajo, Almodóvar vuelve a rodar entre Madrid y Lanzarote, como ya hiciera en Los abrazos rotos. Y no es un detalle menor: la isla se convierte en escenario del desconcierto, del silencio y del intento de recomposición. La elección geográfica es casi un gesto psicoanalítico. El volcán, el mar, el viento: elementos naturales como espejos de una identidad fragmentada, dolida, en reconstrucción. Lanzarote es, para el cineasta, un territorio emocional más que físico.
Primeras imágenes del rodaje de “Amarga Navidad” la nueva película de Pedro Almodóvar. Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Patrick Criado, Milena Smit y Quim Gutiérrez. Próximamente solo en cines. pic.twitter.com/15DjNqcwR9
— Warner Bros. España (@WarnerBrosSpain) June 10, 2025
El título, Amarga Navidad, encierra también una grieta generacional. La Navidad, tradicionalmente espacio de familia y calidez, se transforma aquí en tiempo de pérdida, en marco de desorientación. Es el eco de una España en la que las tradiciones ya no ofrecen consuelo y donde los lazos afectivos se reformulan desde el desencanto. Que la madre muera “durante un largo puente de diciembre” no es anecdótico: señala el fracaso de lo que debería ser tiempo de reunión. Es en esa grieta donde se cuela el cine de Almodóvar, que ya no busca el barroquismo de sus inicios, sino una suerte de melancolía controlada, una tristeza hermosa.
La película llegará a los cines en 2026, y probablemente sea recibida como una pieza más en el mural personal del director. Pero, si atendemos al tono, podría ser mucho más: una forma de cerrar un ciclo, de poner palabras e imágenes al peso del tiempo, al dolor de las ausencias que se repiten —la madre, la inspiración, la juventud— y a esa intersección entre creación y supervivencia que tantos artistas conocen.
Almodóvar, que ha dado voz a tantas mujeres rotas, vuelve a hacerlo en Amarga Navidad, pero esta vez con un subtexto más evidente: la mujer doliente es, también, el espejo de un hombre que observa su legado desde el umbral del invierno vital. No hay cinismo, ni provocación, ni grandes fuegos artificiales. Hay, en cambio, una honestidad emocional que tal vez no busque gustar, sino decir. Y eso, en estos tiempos de cine prefabricado, ya es una forma de revolución. @mundiario
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