El glamour de Cannes se ha resquebrajado en su primer día. Esta vez, no por un escote, un selfie incómodo o un discurso desafiante. Lo que retumba desde la Croisette es la condena a uno de sus nombres sagrados: Gérard Depardieu. Y lo que más duele no es la sentencia de 18 meses de prisión conmutables ni los 20.000 euros de multa. Es el silencio que la rodea.
Juliette Binoche, presidenta del jurado este 2025, ha sido tajante y escueta: “Depardieu ya no es sagrado”. Pero su brevedad chirría. No es una actriz más opinando. Es ella. Es la mujer que trabajó con él, que fue víctima de sus ataques verbales y que ahora lidera el jurado de un festival que lo elevó a los altares del cine europeo.
Mientras tanto, Thierry Frémaux, el director artístico de Cannes, opta por un tono burocrático. “Como ciudadano, respeto el sistema legal”, dijo. Pero Cannes no es un tribunal. Es una institución cultural, y su silencio habla tanto como sus ovaciones.
El mito Depardieu se desmorona, pero ¿quién lo construyó?
Más de veinte mujeres han acusado a Depardieu de comportamientos similares a los que hoy lo condenan. La sentencia por los hechos ocurridos en 2021 durante el rodaje de Les volets verts confirma al menos dos agresiones. Las descripciones son explícitas, brutales y no dejan lugar a la duda sobre la gravedad de los hechos. Pero durante décadas, la industria —y Cannes entre ella— prefirió mirar a otro lado.
En 1990, Cannes le entregó el premio al Mejor Actor por Cyrano de Bergerac. En 1987, la Palma de Oro fue para Bajo el sol de Satán, donde también brillaba él. Hoy, nadie en la organización parece dispuesto a hablar de ese legado. ¿Hasta qué punto se puede seguir separando al artista de sus actos?
Binoche, que sufrió en 2010 un ataque mediático del actor, trabajó con él años después. En aquel momento dijo sentir que “Gérard sufre mucho”. Ahora, con su papel institucional en juego, la actriz ha elegido el perfil bajo. ¿Protección de imagen? ¿Presión del entorno? ¿Miedo a romper definitivamente el pacto de silencio?
Cannes ya no es un templo sin grietas
El Festival de Cannes ha vivido muchas polémicas. Desde los discursos incendiarios hasta las cancelaciones veladas. Pero lo de este año es distinto. Porque pone en cuestión la forma en la que la industria protege —y oculta— a sus ídolos. Y porque, por primera vez, parece que esa protección ya no es invulnerable.
La reacción —o más bien la ausencia de ella— pone el foco en el rol de las instituciones culturales ante el #MeToo europeo. Mientras Hollywood se ha enfrentado (aunque con resistencias) a una limpieza necesaria, el cine francés sigue anclado en mitologías que huelen a pasado. Y Cannes, que presume de ser el termómetro cultural de Europa, empieza este año con fiebre. @mundiario
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