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Sumo y los 35 años de Llegando los monos: El desorden como bandera

Sumo y los 35 años de Llegando los monos: El desorden como bandera

Para mediados de los ochenta, la despedida definitiva de la dictadura había desencadenado una primavera cultural y social producto de la esperanza generalizada por el fin del terror. El rock argentino vivió un momento de explosión con la aparición de Soda Stereo, Los Redondos, Fito Páez y Los Violadores, las innovadoras búsquedas personales de Charly García y Spinetta, y el crecimiento de Virus, Los Abuelos de la Nada y otros tantos. Pero una banda en particular llamaba la atención de algunos pocos atentos a la escena under del oeste: Sumo.

La banda de Hurlingham fue clave en este contexto para traer, de la mano de Luca Prodan, nuevos sonidos que hasta entonces eran desconocidos en el país. Nacido el 17 de mayo de 1953 en Roma, hijo de una familia acomodada, Luca estudió en un prestigioso colegio de Escocia donde fue compañero del príncipe Carlos y mamó la movida cultural de la Londres de los setenta. En esta época, al ya afianzado punk y post punk se le sumaba la aparición de la influencia jamaiquina, como el reggae y el ska, que tomaron fuerza por una gran ola migratoria proveniente de la isla caribeña.

Luca Prodan de Sumo
Luca Prodan en un show de Sumo – Foto: Hernán G. Rojas

Su llegada al país tuvo que ver con un escape de un terrible enemigo al que no olvidaría jamás: la heroína. Su adicción, sumado al suicidio de su hermana -que había estado relacionado con el mismo consumo, y al cual el propio Luca la había iniciado- llevaron al italiano a rehabilitarse en las sierras de Córdoba, donde vivía Timmy McKern, un amigo argentino de origen escocés con quien había estudiado y que más tarde sería manager de Sumo.

Luego se instaló en el oeste bonaerense, donde terminó de conformar la banda y comenzó a maravillar a una población que quedó alucinada, no solo con los nuevos sonidos que traía Sumo, sino también con él: un pelado (en tiempos de raros peinados con gel) que cantaba en inglés y un español italianizado, con una simpleza y rebeldía que distaba mucho de los músicos mainstream de la época. En esta zona su figura creció a pasos agigantados, al igual que la banda. Y pronto comenzaron a ser reconocidos fuera de la escena under.

El 22 de mayo de 1986, Sumo publicó su segundo disco de estudio con el que comenzaron a hacer cosquillas a los grupos más consolidados: Llegando los monos. Antes, habían publicado el demo Corpiños en la madrugada (1983) –del cual se hicieron solo 300 copias- y el considerado primer álbum, Divididos por la felicidad (1985). El nombre del segundo disco tiene que ver con una divertida anécdota en el verano de 1984 en Villa Gesell, cuando la cancelación de unos shows a partir de un exabrupto de Luca los mandó a auto promocionarse por la playa con un altavoz: “No es una alucinación. Está Sumo en Villa Gesell… llegando los monos”.

Sumo
Sumo, con la formación que grabó en Llegando los monos

La tapa muestra una obra que hizo el artista búlgaro Christo Javacheff en 1961, un bulto empaquetado y atado con soga, de forma bastante desprolija y compacta. Podría pensarse que el paquete alude a un rejunte, en el mejor sentido de la palabra, donde prima el desorden, la desprolijidad, y también el misterio que implica un envoltorio cerrado de esa forma. La tapa refleja un poco la esencia misma de una banda que invitaba a abrir ese paquete y destapar un increíble caos.

Que se entienda que la palabra desorden no implica una valoración negativa. Llegando los monos contiene una diversidad sonora que se salta del punk rabioso en castellano, como “El ojo blindado”, a un suave reggae en inglés, como “No Good”, y aún así logra una identificación propia sin necesidad de etiquetas. El grupo también se dio el lujo de jugar con un collage de sonidos superpuestos en los tracks homónimos del disco que abren y cierran la obra, lo que transmite también esta idea de lo casero, experimental y distendido que caracterizó a la banda.

“Estallando sobre el océano”, uno de los momentos bisagras del disco, es un post punk bien ochentoso cantado en inglés que el propio Germán Daffunchio definió como el pico de Sumo, donde habían logrado una fusión entre las distintas personalidades de los integrantes. El tema nos lleva de paseo por las colinas, las praderas y todos los sitios que el protagonista menciona hasta estallar desde el océano.

En “Heroína”, Luca habla de su pasado en Europa y cómo su vida cambió al venir a Argentina, aunque asegura que esa maldita droga que le quitó a su hermana y casi lo mata a él aún está presente en su memoria y lo lleva a tener pensamientos suicidas. Es una canción que, si bien comienza con un suave saxo y un ambiente pacífico, es en realidad bastante oscura, llena de dolor y bronca. Luca deja los pulmones en cada estribillo para gritar con toda la furia el nombre de ese fantasma que lo atosiga.

Ideada para ser un hit, “Los viejos vinagres” es una canción divertida y bailable que deja algunas de las frases más recordadas del vocalista italiano, como “Para vos lo peor es la libertad” o “Juventud, divino tesoro”. Es también una crítica a las personas conservadoras, más allá de su edad biológica: “Es gente con una mentalidad. Hay chicos de 12 años que son más reaccionarios que una persona de 50. Y encima son más idiotas”, dijo Luca en un show de 1987. También podría interpretarse como una crítica hacia otros grupos como Virus y Soda Stereo, de quienes Luca decía que se preocupaban más por su look y sus poses que por su música.

Sumo marcó una época y dejó un legado. Mientras la dicotomía de esos años estaba entre el new wave y el rock pesado, un extranjero llegó para romper con los estereotipos, consagrar un grupo absolutamente contracultural y forjar una identidad propia desde la falta de identificación de tanta gente con la música ofertada. Si no hubiera sido por Luca y Sumo, el rock nacional no habría sido igual.

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