Hace una década una banda de torturadores causó terror en Nueva York. Su objetivo: divorciar a judíos ultraortodoxos

Hace una década una banda de torturadores causó terror en Nueva York. Su objetivo: divorciar a judíos ultraortodoxos

No importa cuánto se repita, lo mucho que se abuse de ella o que suene a tópico manido. Historias como la de Mendel Epstein y sus compinches siguen haciendo buena aquella coletilla de que «la realidad en ocasiones supera a la ficción». Y con razón. Su caso, que acabó con Epstein y varios de sus compañeros condenados a penas de prisión a finales de 2015, resulta tan delirante que difícilmente podría haber salido de la imaginación ni del más creativo guionista de Hollywood.

Entre sus «ingredientes» hay secuestros, pistolas eléctricas, torturas con picana, llaves de karate, cuantiosos pagos secretos, nuevos amores y viejos desamores, una operación encubierta del FBI, rabinos ultraortodoxos y la ley tradicional judía.

Lo dicho: ni el mejor guion de blockbuster.

Un lugar de EEUU cuyo nombre… El arranque igual resulta un poco literario, pero la historia bien lo merece. Eso sí, a diferencia de la obra de Miguel Cervantes, la protagonizada por Epstein, Martin Wolmark y el resto de sus compinches encaja mejor en el género negro. O directamente en el de terror con tintes gore. La razón: hace años formaban lo que se ha denominado «The New York divorce coercion gang», una banda de judíos ortodoxos que se dedicaba ni más ni menos que a coaccionar a otros judíos del área de Nueva York que se habían separado.

¿El motivo? Obligar a esos hombres a que concediesen el divorcio religioso a sus (ex)esposas. Todo esto —es conveniente aclararlo— entre considerables sumas de dinero desembolsadas por las mujeres y sus familiares a cambio de los servicios de la banda. Al menos así lo reflejaba un comunicado sobre el caso emitido en 2015 por el departamento de New Jersey de la Oficina del Fiscal de EEUU.

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¿Una banda de coerción «pro-divorcio»? Quizás suene extravagante, pero tiene su lógica. Para entenderlo, eso sí, conviene manejar algunas nociones básicas sobre los matrimonios entre judíos ortodoxos. Si la pareja rompe, una mujer puede encontrarse básicamente con dos escenarios: que su marido le conceda el divorcio religioso, conocido como get, o que opte por negárselo. No es una cuestión menor, ni desde luego secundaria. El get desliga a la mujer de su antiguo matrimonio.

Como recoge la web Masuah, «libera mutualmente al esposo y la esposa según la Ley de Moisés e Israel». A ojos de la tradición y la ley religiosa judía, quienes no lo consiguen permanecen «encadenadas» a un matrimonio muerto, sin posibilidad de salir con otros hombres, mantener ninguna clase de relación y por supuesto volver a casarse. Cuando la pareja no llega a un acuerdo, el caso puede trasladarse a un tribunal rabínico, un beit din, pero no todos los maridos los acatan.

Mujeres encadenadas. El escenario para las mujeres que se ven en semejante tesitura no es sencillo. Tampoco inusual. En marzo de 2014 la cadena BBC elaboró un reportaje en el que afirmaba que en la sociedad judía hay «miles de mujeres en matrimonios rotos», ligadas a hombres que en su día fueron sus esposos y hoy se niegan a concederles los documentos necesarios para romper el vínculo.

Los divorcios también requieren la conformidad de ellas, pero el rabino Eliahu Maimon calculaba por entonces que en Israel había apenas uno o dos hombres «encadenados». Una cifra minúscula si se compara con los casos en los que las perjudicadas son mujeres. Maimon calculaba que superaban el centenar.

De la teoría a los casos particulares. A modo de ejemplo, la BBC relataba el caso Shoshana, una mujer de 43 años, madre de tres hijos y residente en Israel: no era viuda, no estaba divorciada y tampoco disfrutaba de un matrimonio «vivo»; era lo que en hebreo se conoce como agunah, o mujer «encadenada». 

Cuando la BBC elaboró su reportaje, una corte judía había exigido al marido de Shoshana que le otorgase el divorcio, pero este, que residía a miles de kilómetros, en EEUU, aún no lo había hecho. «Es la forma más extrema de abuso emocional», lamentaba la mujer sobre casos como el suyo: «Confinada a la soledad».

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Ante situaciones desesperadas… Medidas coercitivas. O directamente delictivas. Eso es lo que ofrecía la «New York divorce coercion gang» hace años en EEUU. El grupo —en el que destacaban nombres como los rabinos Wolmark o Epstein, este último especializado en mediar en divorcios ultraortodoxos— se encargaba de coaccionar a varones judíos para obligarlos a que concedieran el divorcio religioso a sus mujeres. Y lo de coaccionar se queda corto. Entre sus métodos se incluían raptos, artes marciales, pistolas eléctricas y picanas.

A cambio exigían cantidades considerables, decenas de miles de dólares, aunque el abogado de Wolmark llegó a alegar durante la audiencia que los divorcios forzados son una tradición y que su cliente no buscaba enriquecerse. La nota emitida por la Fiscalía deja sin embargo un despliegue de pagos y métodos de «negociación» más propios de una película de Quentin Tarantino que de un proceso religioso.

¿Qué métodos? ¿Y qué pagos? En la nota, en la que se informa de las condenas de prisión de Epstein y Stimler, entre otros, se habla de varios casos, a cada cual más escabroso: la agresión a un judío ortodoxo que a finales de 2009 fue amordazado, golpeado y electrocutado; la tortura de otro hombre que sufrió un trato similar en 2010 y la historia de otros dos que en agosto de 2011 acabaron amordazados y golpeados hasta que uno de ellos concedió la get a su esposa.

GQ relata cómo durante uno de esas ceremonias los torturadores arrojaron una bolsa para cadáveres junto a la víctima mientras deslizaban un mensaje aterrador:  «Para que se acostumbre al tamaño». Entre sus métodos de coacción se incluían las quemaduras. USA Today recoge cómo durante una de las conversaciones captadas por el FBI entre una clienta y Epstein este presumía de su táctica preferida: el uso de una picana. «Puede hacer que un toro que pesa cinco toneladas se mueva… Lo pones en ciertas partes del cuerpo y en un minuto el tipo lo sabrá», aseguraba.

¿Y qué pedían a cambio? El planteamiento era relativamente sencillo, como explicaba el propio acusado en una conversación grabada por los agentes en New Jersey: «Lo que hacemos es secuestrar a un tipo durante un par de horas, golpearlo y torturarlo y luego hacer que dé el get«. Un servicio poco ortodoxo que ofrecían, aseguraba, más o menos una vez al año o cada año y medio. Durante esa misma investigación las autoridades comprobaron cómo a cambio se solicitaba a los «clientes» el desembolso de cantidades notables, unos 60.000 dólares.

El cazador cazado. La trama funcionó un tiempo, hasta que en agosto de 2013, después de comprobar las agresiones que se habían sucedido entre 2009 y 2011, el FBI tomó cartas en el asunto: ideó una operación encubierta con dos agentes que se hicieron pasar por una mujer judía que buscaba un get y su hermano. A lo largo de varias semanas los federales mantuvieron conversaciones tanto por teléfono como en persona con Epstein, todo para organizar una de sus «misiones».

Después de alcanzar un acuerdo, la banda lanzó una operación que no desentonaría en una película de ‘El Padrino’: movilizó dos minivans con un equipo de secuestro formado por casi una decena de hombres con máscaras de Halloween, pasamontañas, cuerdas, una venda para los ojos, vodka, matrículas para impedir que pudieran identificar los vehículos y todo lo necesario para grabar la tortura. Minutos después, la policía se abalanzaba sobre ellos en un almacén.

Imágenes: Maayan Nemanov (Unsplash) y Levi Meir Clancy (Unsplash)

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Hace una década una banda de torturadores causó terror en Nueva York. Su objetivo: divorciar a judíos ultraortodoxos

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Carlos Prego

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