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Crash: El polémico film de David Cronenberg cumple 25 años

Crash: El polémico film de David Cronenberg cumple 25 años

Crash: El polémico film de David Cronenberg cumple 25 años
Crash (1996) de David Cronenberg

25 años después de su estreno en el Festival de Cannes de 1996, en donde fue reconocida con el Premio Especial del Jurado, la película más polémica y provocadora de David Cronenberg fue restaurada en una versión 4K y reestrenada en la pantalla gigante a través de la distribuidora A Contracorriente Films. Este trabajo tuvo la aprobación del mismo cineasta y del director de fotografía Peter Suschitzky, quienes se encargaron de asegurar de que cada retoque sea proporcionado a la impresión pesadillezca que genera esta obra para realzar su impacto con la energía cromática del presente. Protagonizada por James Spader, Elias Koteas, Holly Hunter, Deborah Kara Unger y Rosanna Arquette, esta película enigmática y vigorosa que, en palabras de su director, trata de “contar una historia que anuncia al hombre mecánico del siglo XXI”, generó tal revuelo en su momento que con el tiempo obtuvo su distintivo de culto en la memoria de la cinefilia. Y ahora regresa en ultra calidad para ratificar que su efecto no fue apaciguado por los años, ya que el futuro es hoy.

Con Crash (1996), Cronenberg dividió las aguas. Por un lado, estaban quienes la trataban como una basura obscena y absurda, asintiendo firmemente cuando leían en los medios de la época los distintos motivos por los cuales la censura había hecho lo suyo en el film del director canadiense. Y por el otro, estaban quienes alegaban razonamientos de todo tipo (técnicos, filosóficos y narrativos), para aseverar que las razones que intentaban hundir la distribución de la película eran pertinentes, aunque no desde un punto de vista peyorativo. Ya que precisamente son tres términos en los que Cronenberg profundiza sin freno alguno, y es su abordaje lo que la convierte en una obra maestra de las vísperas del milenio. Crash hace de la obscenidad algo sutil, del absurdo algo lógico y de la chatarra algo valioso. La verdadera discrepancia está en cuánto aceptamos la perspectiva de la degradación moral como algo inherente a la modernidad.

Luego de hacer posible lo imposible llevando a la gran pantalla Almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991) de William Burroughs, Cronenberg se embarcó en la ardua tarea de adaptar la novela del emblemático J. G. Ballard que lleva el mismo título y a quien conmemora dándole su nombre al protagonista. El cineasta optó por una temperatura tan fría como el acero y desalmada como un motor, similar a la de Joy Division en “Atrocity Exhibition”, título de la antología experimental que antecede la obra susodicha y sirvió de inspiración para el track que abre su disco Closer. ¿Quién mejor que el director de La mosca (The Fly, 1986) para representar esta mutación hipnótica de la era post industrial? Una misión compleja teniendo en cuenta la extraordinaria potencialidad descriptiva y llena de paradojas del escritor británico. Incluso el mismo Ballard creía disparatada la idea de trasladar a imágenes su trabajo. Pero lo que hizo Cronenberg fue totalmente disruptivo, una película repleta de analogías visuales entre la carne y la maquinaria en pos de evocar la solemnidad del fetiche colectivo como una especie de metáfora sobre la fantasmagoría de una sociedad tecnificada.

Crash es de esas películas que hay que mirar más de una vez para comprender de lo que en verdad está hablando. No solo se trata de sexo, aunque el sexo es fundamental, sino de una experiencia mucho más fuerte: de la pulsión de muerte como el orgasmo final. Esta no es la primera vez que Cronenberg desencaja a sus espectadores con una obra libidinosa: los zombies sedientos de placer en Shivers (1975) ya eran bastante perturbadores, así como las transmisiones televisivas en Cuerpos invadidos (Videodrome, 1983) resultaron tan subversivas como las colisiones automovilísticas del film en cuestión. Pero Crash va más allá, hacia a un lugar en donde la fatalidad y la satisfacción se vuelven indiscernibles debido a que sus protagonistas canalizan la excitación mediante la destrucción y los accidentes son la nueva lengua del sadomasoquismo.

Debora Kara Unger y James Spader en Crash
Debora Kara Unger y James Spader en Crash.

“Las dos cosas más filmadas de la historia del cine son el sexo y los autor”, explicó Cronenberg a la prestigiosa revista francesa Cahiers du Cinema. “Quise filmar los accidentes de una manera naturalista: son rápidos, brutales y terminan antes de que uno se dé cuenta. Mi intención al hacerlo así era dotar de una nueva perspectiva a algo que se nos había convertido en demasiado familiar”. Luego de la Segunda Guerra Mundial, con el auge de la publicidad y el cine, se instauró en el imaginario social la idea de equivalencia entre masculinidad y automovilismo. El coche era considerado como una de las marcas identitarias más importantes de la cultura juvenil norteamericana porque se relacionaba directamente con la potencia sexual del conductor. Crash toma cartas en el asunto de este desvarío coloquial y expone el engranaje de una historia de amor futurista.

Cronenberg es muy austero al plantear la ciencia ficción. No le interesan los avances tecnológicos grandilocuentes y exagerados para llevar adelante el relato. Solo la forma en que el ser humano contemporáneo se ve alienado en una vorágine de metal y de cemento le sirve para retratar una distopía que alude a la modernización de la sociedad de acuerdo a las manifestaciones fisiológicas. No se trata de agujeros negros ni de viajes en el tiempo; la ciencia ficción para Cronenberg se basa precisamente en los estímulos latentes de nuestros comportamientos. Mientras más sangre y más vidrios, la fogosidad de sus personajes alcanza un nivel nunca antes experimentado en donde el morbo es el deleite de las perversiones y la seguridad vial atenta contra el coito.

En cuanto a los espacios, también se empleó la misma templanza para la ambientación de la historia. A diferencia de varias distopías célebres del séptimo arte, Crash no está ligada a la expansión ni a la ruina en términos de recreación escénica. La intersección vial del Toronto de la década de los noventa ya ofrecía un espectro futurista relativo a la aspiración del guión, con sus vertiginosos cruces de autopistas que encuadrados en cenital parecen el tejido orgánico de la ciudad. Mientras que los estacionamientos, los aeropuertos y los carriles son los sitios preferidos para desatar los impulsos a la intemperie, los interiores adquieren el mismo nivel de intimidad aun tratándose de pasillos o habitaciones de hospital. Crash evoca una atmósfera fría y desoladora a partir de la reconfiguración de los espacios, logrando una síntesis magnífica en la escena del lavadero de autos en donde se refleja la fusión visceral entre carne y vehículo.

Las cicatrices, los moretones y toda la parafernalia ortopédica son para los personajes de Crash la razón de secretar hormonas sexuales ineludibles. Nada más excitable que un cuerpo destrozado y reconstruido por la tecnología. Desde las fantasías eróticas que rondan en la mente de la pareja protagonista al narrar con sensualidad las consecuencias de una calamidad al volante como forma idónea de encender la llama, hasta la aparición de la mujer lisiada con clavijas y fierros por todas partes como representando a una musa divina en este sátira de la sinforofilia; Cronenberg no hace otra cosa que seguir acentuando en lo que siempre le interesó: la somatización de la identidad. Cambiando a los enanos monstruosos de The Brood (1979) por explosiones en el carburador, abolladuras en puertas y capó, fluidos pegajosos en los asientos de cuero y el sofocamiento que provoca el cinturón, cualquier tipo de alusión al detrimento vehicular ejerce de ornamento para evidenciar su connotación afrodisiaca.

Es gratificante volver a tener noticias de Cronenberg, ya que se ha mantenido oculto durante varios años. Su último trabajo fue Polvo de estrellas (Maps to the Stars, 2014) y de ahí entonces no se supo más de su actividad. Pero para nuestra suerte, Viggo Mortensen, quien fue uno de los rostros de la última etapa del cineasta como protagonista de Una historia violenta (A History of Violence, 2005), Promesas del este (Eastern Promises, 2007) y Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011), ha declarado sobre un nuevo proyecto que los unirá una vez más. Sobre esto, el actor comentó: «tenemos algo en mente. Es algo que escribió hace mucho tiempo y nunca consiguió sacarlo adelante. Ahora lo ha refinado y quiere filmarlo. Con suerte, lo haremos este verano. Yo diría, sin revelar la historia, que se remonta un poco a sus orígenes. Es casi como una extraña historia de cine negro. Es perturbador y cercano a sus orígenes, aunque obviamente ha depurado mucho su talento con los años».

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